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Por Gustavo Arango

Rayuela cumple cincuenta años y las redes sociales han hecho eco de la celebración. Hay videos de Cortázar dando entrevistas o leyendo, con su voz acatarrada, fragmentos de su obra. Hay pasajes del libro: casi siempre “Toco tu boca…”. Se diría que muchos están leyendo el libro. Pero tengo mis dudas. Pocos leen y los poquísimos que leen apenas si se enteran de lo que leyeron. Hace poco un diario europeo calificaba de “humillante” el nivel de comprensión de lectura de los niños colombianos. Los adultos se apresuraron a levantar las cejas y a preguntarse: “¿Qué nos pasó?”. Pero la humillación es de vieja data y Libération pudo habernos liberado de la indignación, afirmando que lo mismo pasa con todas las edades. Eso explica la incapacidad para entender el cinismo con que ciertos malandrines se pavonean y aprovechan la ignorancia de la gente en ese país. Pero esta situación no es exclusiva de Colombia.

Cuando hablo con estudiantes universitarios de América Latina y pregunto por detalles de Cien años de soledad, veo gestos de acorralamiento: “Ahora viene este a hacernos un examen y no leímos el resumen”. Si pocos han leído el libro insignia de la literatura latinoamericana, qué esperanza le queda a la pobre Rayuela. Es peor si pensamos que, al llegar a los cincuenta, Rayuela es un clásico, de esos que todos recomiendan y todo “lector serio” debe leer. Apenas aparece la obligación se acaba la diversión y Rayuela es en esencia un libro divertido, un fracaso monumental; pero nos hemos quedado con lo de monumental.

Qué Rayuela es un desastre podemos percibirlo desde el principio. Primero está el tablero de direcciones, que nos dice: “Lean como les dé la gana, pero me gustaría que les diera la gana de este modo”. Nuestro primer problema como lectores es, entonces, el de la libertad. Después vienen unos epígrafes sin sentido. El texto empieza con una pregunta en el condicional y ya la cabeza empieza a darnos vueltas. Luego aparecen todos esos nombres en francés que a los lectores naturales del libro les producen un extrañamiento. Cuando se llega al final del primer párrafo (donde Cortázar consigue una de sus hazañas más grandes como escritor: concederle a la palabra “dentífrico” un lugar entre las bellas letras) el lector está casi tan loco como “el dieciocho” y sólo falta que grite: “Muera el perro”, a todo pulmón.

Rayuela es muchas cosas. Es un tratado moral. Es el arrogante de Cortázar, con toda su cultura, haciendo un auto de fe. Es un rechazo a la artificialidad del realismo en literatura (ese que sigue imponiéndose). Es lenguaje que estalla, es llamado a la autenticidad, es búsqueda expresiva de lo “otro” y, por lo tanto, búsqueda religiosa. Es, también, prueba suprema de la maestría de Cortázar como constructor de escenas: el concierto de Berthe Trépat, la muerte de Rocamadour, el descenso a los infiernos en el montacargas.

Quizá la clave para entender a Rayuela se encuentre en El perseguidor. Escrito cuando Cortázar gestaba Rayuela, ‘El perseguidor’ condensa sus preocupaciones de ese tiempo. Johnny, el músico de Jazz, es verdadero, abierto al misterio, y está expuesto al sufrimiento. Bruno, su biógrafo, admira, utiliza y teme a su biografiado. Rayuela es Bruno tratando de ser Johnny. Rayuela es el imperfecto testimonio de su fracaso. Pues al final Bruno es siempre como uno, como somos casi todos: simples parásitos cargados de vanidad y de temores.