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Por Gustavo Arango

Uno de mis placeres predilectos consiste en buscar entre los libros episodios curiosos del pasado. Convencido de que las versiones que nos llegan del presente son falsas o desproporcionadas, encuentro alegría en leer viejas historias olvidadas, con el mismo interés con que se leen los cuentos de hadas.

Esta semana encontré una historia fascinante. Se trata de la vida de un monje irlandés que ha venido a llamarse San Columba, quien sufría de una extraña demencia vinculada con los libros.

San Columba fue un hijo de reyes, que nació en el siglo VI, y sus padres lo entregaron a la iglesia porque estaba destinado a grandes cosas. Se dice que fundó numerosos monasterios, pero su mayor mérito fue la transcripción y escritura de libros, algunos de ellos con poemas que han vivido hasta nuestro tiempo.

Durante sus años de noviciado, Columba empezó a desarrollar una inusual fascinación por los libros “iluminados”: esas joyas transcritas a mano y engalanadas con auténticas obras de arte. Él mismo adquirió una gran habilidad para transcribir esos libros y reproducir ilustraciones con aportes personales. Cada momento libre de su vida, Columba lo dedicó a hacer transcripciones, en especial de los salmos y evangelios.

Pronto empezaron a circular historias en torno a las propiedades milagrosas de los libros transcritos “por los sagrados dedos de San Columba”. Se habla de uno que sostenía conversaciones con sus lectores y respondía a las preguntas que le hacían intensificando el brillo de la frase que contenía su respuesta. También fue famoso por mucho tiempo un ejemplar de los salmos al que llamaban el “sanador”, porque era llevado de un lado a otro para curar enfermos graves.

Se cuenta que en una ocasión visitó a un hombre llamado Longarad, que tenía una enorme biblioteca, para pedirle acceso a sus libros. Como el acceso le fue negado, Columba lanzó una maldición: “Que esos libros jamás sean útiles, ni para ti, ni para nadie más, mientras sean propiedad tuya”. Cuando Longarad murió, se encontró que sus libros estaban poblados por una jerigonza imposible de leer.

Se dice que Columba transcribió más de trescientas copias de los salmos y evangelios. Pero, sin duda, el episodio más notorio de su vida ocurrió después de su visita a una abadía. Los anfitriones mostraron a Columba un libro exquisitamente decorado del que no existían copias. El monje quedó deslumbrado por esa joya y dedicó varias noches a transcribir a escondidas el contenido del libro. Cuando el anfitrión descubrió lo ocurrido, declaró que la copia también debía ser de su propiedad.

Esta historia es, quizá, la primera disputa que se conoce sobre derechos de propiedad. El juicio real determinó que la copia debía quedarse en la abadía. Este hecho no habría pasado de ser una curiosidad, si Columba no se toma tan a pecho las cosas. Dice la historia que, indignado, formó un ejército y se enfrentó al ejército del rey, en un combate que dejó tres mil muertos.

El libro en disputa aún existe. Forma parte de las joyas incluidas en la Academia Real de Dublín. Se le conoce como “El libro de la batalla” o “La máxima reliquia” y no se ha reportado que esa copia haya hecho algún milagro.

De Columba se dice que, arrepentido por lo que hizo, decidió exiliarse voluntariamente de Irlanda y dedicarse a difundir la fe cristina en Escocia. Fundó monasterios y transcribió libros hasta el final de sus días. A su muerte dejó sin terminar un hermoso ejemplar iluminado del Libro de Job.