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(Un fragmento de la novela)

ALGÚN DÍA me reiré de todo esto.

Sentado en su maleta, con un traje elegante y gastado que fue de su padre, mirando las paredes con sombras de limpieza donde estuvieron los cua­dros, el piso con huellas de óxido en el rincón de la nevera, el despliegue alegre y libre de las arañas en el techo.

Reiré de este nudo marinero en la garganta, de mi aspecto agobiado y solemne, de la maleta atibo­rrada con objetos que iré dejando en el camino hasta quedarme sin nada, con cosas distintas que serán nada, con momentos de nostalgia que olvida­ron la razón de esa nostalgia. Soltaré una carca­jada que despierte hasta los músculos que tenga más dormidos y, en medio de la risa, también sen­tiré lástima por todo lo que era en este instante. Me veré acurrucado sobre esta maleta, mirando la sala desierta, los cuartos vacíos, el mudo horizonte del patio; asistiendo al instante en que toda la vida que tuvo esta casa dejaba salir este largo suspiro.

Y, mientras ría, la vida me parecerá perversa, cíni­ca, torpe y absurda. Más perversa, más cínica, más torpe y más absurda que ahora, cuando todo se rompe y me deja obligado a inventarme otra vida, a buscar otros hechos, a alentar sentimientos cansados, con furia y recelo.

Si es que llego a recordarlo, mi risa arreciará cuando me vea caminar hacia la puerta, dejando la male­ta abandonada en el centro de la sala, a la deriva sobre un mar cuadriculado; cuando me ovi­lle tras la puerta cerrada y pegue mi rostro con­tra las rodillas.

Le hablaré a cualquier tipo que encuentre en las calles de la ciudad sin límites y le contaré la histo­ria divertida de esta triste despedida. Le daré una botella de ron como premio por ser tan atento de oídos y le iré desgranando los hechos, mi cuerpo en la sala, la sal de mi llanto.

Le hablaré de los abrazos en el cuarto, de las fies­tas de cumpleaños, de las voces que viajaban por las luces apagadas cuando todos se dormían. Y si el hombre no se ha muerto, si ha podido asimilar el nuevo trago, le hablaré de otros recuerdos, de no­ches entre dos mares, de ojos entre montañas, olvidos olvidados.

Le preguntaré su nombre y responderá que Smith. Sentirá que es necesario devolver la corte­sía. Buscaré sin avidez, pensaré en ese único libro salvado del fuego y le diré que Wenceslao. Le conta­ré que soy filósofo, que he llegado a ser famoso por mis apreciaciones sobre la vida de las estrellas, por dos libros pequeños y extraños (Criatura perdida y Visiones triunfales de la balsa estrellada), que la gen­te ha devorado sin saber lo que decían.

Le contaré que escribí esos dos libros después de salir de esa casa abandonada, después de escapar de ese pueblo fantasma, después del naufra­gio, después de descubrir que las pasiones perso­nales que había escrito hasta ese entonces no tenían im­por­tancia, que un destino merecido era el olvido, las entrañas insensibles de los peces y las sombras mojadas de las algas.

 

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