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CUANDO YA ME DABA por vencido, cuando empezaba a creer con firmeza que Mia Swenson había mentido o delirado, que no había tal país de tales árboles, cuando ya empezaba a ir y venir de un lado a otro de la tierra –como antes fui entre libros–, alimentando mi curiosidad sobre los árboles, pensando que volvía a mi vieja obsesión sin saber la razón de la misma, llegó a mi rescate el marinero desdentado.

Puede resultar irónico que hable de rescate, si digo que cuando conocí a mi salvador él estaba perdido en una borrachera descomunal, al fondo de un bar de mala muerte en la Isla de los Pepinos. Yo había ido hasta allí para ver los árboles que se acuestan para dormir, pero el encuentro con ese hombre cambió mis intenciones y mi vida. Esta historia no sería esta historia si yo no hubiera entrado a ese lugar, si no hubiera fijado mi atención en las sonoras carcajadas, en la paradoja de su dentadura blanquísima y perfecta.

Al principio mi interés radicaba en esos dientes que exhibía con estruendo y orgullo. Me resultaba extraño que todos en aquel sitio lo conocieran como el marinero desdentado. Yo lo miraba desde la barra, presidiendo su mesa, dueño absoluto de todas las historias. A veces la embriaguez lo vencía y pegaba la frente a la mesa y roncaba, pero volvía a la carga y yo esperaba a que dejara salir sus risotadas para ver si faltaba al menos una de las treinta y dos piezas. Pero no faltaba nada.

En ese asombro estaba cuando lo vi poner su pierna de palo sobre la mesa y decir orgulloso:

“Está hecha con madera del país de los árboles locos, un sitio del que sólo regresan unos pocos”.

Siento que pasó una eternidad antes de que yo pudiera ser consciente de lo que había escuchado. Entendí que era la confirmación que buscaba desde que me fui de Princeton. Dos personas hablando de lo mismo lo hacían real. Era real entonces el sitio de la tierra donde mi vida entera tendría claridad.

Busqué la manera de integrarme a la charla, esperé a que el marinero desdentado volviera a despertar, aproveché su sueño para mirar de reojo la extraña turbiedad de la madera de su pierna. Supe que por más que lo intentara, jamás conseguiría imaginar la manera como ese lugar me daría respuestas.

El marinero desdentado alzó la cara, pero se veía tan borracho que parecía difícil que siguiera hablando. Algunos se levantaron y se fueron en busca de otras diversiones. Ocupé una butaca a su lado y le dije:

“Disculpe, señor. Quiero saber un poco más del país que ha mencionado”.

“¿País?”, dijo él. “¿De qué país hablas? Deliras, muchacho”.

“Hablo del país de los árboles locos”.

“¿De qué?”, dijo el marinero desdentado con los ojos perdidos, alzando las cejas, tratando con ese movimiento de tener el rostro en alto.

“Del país de los árboles locos”, insistí, paciente, convencido de que no sería fácil, pero también de que no había otra alternativa que esperarlo, procurar que saliera de su bruma de licor.

El marinero dejó caer la frente sobre la mesa y empezó a roncar. Me sentí descon­solado. El mundo me pareció un lugar exageradamente grande, mi soledad exagera­damente triste y la vida, una cosa demasiado absurda para poder justificarla.

Ahora sólo estábamos los dos en esa mesa. Decidí que lo sacaría de ese lugar y que procuraría devolverle la sobriedad. Cuando logré pasar un brazo suyo por mi espalda y levantarlo, el dueño del local vino a cobrarme todo lo que se había consumido en esa mesa desde hacía tres semanas. Y tuve que pagarle.

 

* Fragmento de la novela El país de los árboles locos, disponible en Amazon.com, en versión digital y en edición impresa.