El fotógrafo colombiano Nereo MezaPor Gustavo Arango

Nereo está de rumba desde el año pasado. Para su cumpleaños, un grupo de amigos le regaló un viaje a Venecia… y a Venecia fue a parar el hombre y navegó en sus canales y visitó amigos que no veía desde hacía muchos años. Luego se la ha pasado viajando entre Nueva York, Madrid  y varias ciudades colombianas.  En España, el diario El País le publicó un perfil de página completa y ahora mismo se prepara la edición de un libro con fotografías suyas. En Colombia, Nereo visita a su familia y recibe homenajes. El último reconocimiento se lo hicieron durante el Carnaval de Barranquilla. Además de ser distinguido como “el padre de la fotografía colombiana”, se le vio bailando con la reina del Carnaval y celebrando la guacherna.  Cuando no está de viaje, Nereo se la pasa en los trenes de Nueva York, captando imágenes para sus nuevas series fotográficas. Toda esa agenda tan agitada sería más o menos natural en un artista de renombre, si uno dejara de lado el hecho asombroso de que Nereo tiene noventa años –en septiembre cumplirá noventa y uno–y se ve más alentado que un muchacho de dieciocho.

Nereo ha sido de todo y ha estado en todas partes. Durante más de sesenta años de ejercicio profesional ha captado con su cámara momentos históricos de talla mundial y poemas visuales sin tiempo. Al lado de la visita del Papa o de la entrega de un Nobel, Nereo ha captado la belleza de un grupo de amigos que saltan a un río y la de una niñita disgustada junto a un costal de papas. Hace unos quince años –cuando navegó hacia la quiebra  con su escuela de fotografía–estuvo a punto de hundirse con su barco. Pero en lugar de auto obturarse, decidió probar suerte en otro lado. Así llegó a Nueva York, donde ha tenido un apoyo que la politiquería colombiana le quitó. Aquí en Nueva York empieza a ser reconocido y celebrado. Casi no pasa un mes en que Nereo no  reciba un homenaje.

Últimamente, después de su último cumpleaños, se ha visto a Nereo obsesionarse con detalles. Ha empezado, por ejemplo, a preocuparse cuando se le olvidan nombres.  Aunque esa preocupación más parece la de alguien que no encuentra motivos verdaderos para preocuparse. Lo cierto es que Nereo mantiene una vitalidad que ya entra en los terrenos del Realismo Mágico. Siempre está en movimiento, no deja de sonreír, ni de hablar de sus proyectos. Uno puede morirse de la risa con sus chistes. Casi todos, es preciso decirlo, resultan impublicables.

He tenido la suerte de frecuentar a Nereo en Nueva York, porque  a lo largo de los últimos años hemos trabajado juntos en un proyecto de libro. Espero poder publicar algún día la crónica de nuestras conversaciones, pero debo advertir que allí falta una de las cosas más asombrosas que le he escuchado decir.  Una tarde de primavera, el año pasado, fuimos a Wagner, una universidad de Staten Island, para hablar de las fotos de Nereo en relación con la obra de García Márquez. La idea de la charla era mostrar que las fotos de Nereo son el registro visual del mundo que inspiró al Nobel colombiano. Estábamos en el Museo de la universidad, esperando la hora de la conferencia. Discutíamos un arte exagerado, cuando me dio por preguntarle a quemarropa cuál era el secreto de su longevidad. Nereo siguió mirando  las pinturas y dijo como si nada:

–Es simple. Yo soy como un vampiro. Me gusta siempre andar con gente joven. Así les voy robando la energía.

Esa tarde Nereo se portó como una estrella de rock. El auditorio completo estaba fascinado con su encanto. A su lado fue posible ver a un hombre que tenía la mitad de sus años y quizá sólo un diez por ciento de su vitalidad.

Texto publicado originalmente en Vivir en El Poblado, en  Junio de 2011.