De muchos hombres se ha dicho que fueron inmortales, pero toda inmortalidad termina por agotarse, porque la memoria de esos seres viaja a bordo de mortales.

Quizá exageraba el bueno de Matatías al decirles a sus hijos que la gloria era estiércol y gusanos, pero no cabe duda de que con sus palabras logró disuadir a sus críos de dejarse arrastrar por los fantasmas de la fama, de la aceptación masiva y ruidosa de los hombres.

San Anselmo comparaba a los que buscan ser famosos con los niños que buscan mariposas e Isaías sostenía que esos seres obsedidos con la idea de alcanzar muchos honores –incluso si son póstumos– son arañas laboriosas cuyo esfuerzo se destruye cuando aparece una mosca.

Hace unos días leía sobre lo frágil que es el recuerdo que se tiene de los hombres, lo poco conocidos que llegan a ser, incluso cuando alcanzan prestigios descomunales.

Leí la historia del tristemente olvidado Vencatapadino Ragiu, “El señor de los reyes y supremo emperador”, de quien se decía que no había un solo ser sobre la tierra que no tuviera noticias de su nombre y su renombre.

Valdría la pena preguntarle a la gente de hoy en día si sabe quién fue Vencatapadino Ragiu. Me temo que saldría mal librado en las encuestas.

Tal era la grandeza de este hombre, tan rotunda en apariencia era su fama, que en todos sus edictos colocaba con su firma esta asombrosa cadena de títulos: “El esposo de la buena fortuna; El rey de grandes provincias, rey de grandísimos reinos, y dios de todos los reyes; El señor de todas las caballerías; El maestro de los que no saben hablar; El emperador de tres emperadores; El vencedor de todo lo que ve; El conservador de todo lo que venció; El formidable de las ocho plagas del mundo; El señor de las provincias que corrió; El destructor de los ejércitos mahometanos; El despojador de las riquezas de Ceilán; El que vence a los varones, por fortísimos que sean; El que quitó la cabeza al invicto Viravalano; El señor de Oriente, Austro, Aquilón, Occidente y el mar; El cazador de elefantes; El que con valor militar vive y se gloria. Estos elogios de honra goza el excelentísimo en las fuerzas bélicas Vencatapadino Ragiu, que reina y gobierna este mundo”.

Hoy nadie tiembla ante la mención de su nombre, podemos incluso reírnos de Vencatapadino Ragiu, de su vanidad rugiente, sin temor a que su ira nos afecte. El tiempo y el olvido, con paciencia y diligencia, arrasaron lo que nadie, en su momento, creyó que era arrasable.

Qué frágil es la memoria de los hombres, qué intrascendentes y quebradizas todas sus obras y qué tranquilizador –también– saber lo vanas que resultan muchas cosas de la vida que creemos importantes.