Albert Camus

Albert Camus

Pedro Arturo Estrada

Hubo un hombre, un escritor del cual este año celebraremos su centésimo cumpleaños, que vivió  una de las épocas más difíciles de la historia europea: la segunda guerra mundial y el absurdo existencial de entonces, la desesperanza ambiente que se instalaba en los huesos. Se llamaba Albert Camus, y había nacido en Argel,  colonia francesa, en 1913. De cuna humilde, creció allí bajo la luz mediterránea, bajo cielos siempre azules y un entorno vital abierto y sencillo. Con el tiempo se convertiría en uno de los intelectuales más importantes de Francia de la primera mitad del siglo XX y ganaría el Nobel cuando apenas contaba con 44 años de edad. Le gustaba el fútbol, amaba la vida en sí misma, la belleza simple de las cosas, pero también el sentido de lo justo, la solidaridad humana y animal sin distingos, la alegría de ser sin falsas trascendencias. Tuvo discusiones ejemplares con Jean Paul Sartre en torno a ideas fundamentales de su tiempo que a la luz de hoy demuestran que era él quien tenía razón, o mejor, quien veía  las cosas con verdadera lucidez.

A mis veinte años, y en plena crisis existencial -la misma a la que todos tenemos derecho tarde o temprano-  leer El extranjero, esa pequeña novela suya llevada luego al cine por Luchino Visconti con Mastroianni haciendo un Mersault insuperable, fue como recibir la primera y más duradera vacuna contra el suicidio. Después la vacuna se completó definitivamente al encontrarme con sus excelentes ensayos: El mito de Sísifo y El hombre rebelde.  Recuerdo que en Camus logré responderme las preguntas esenciales que a los 20 o los 50 años toda persona debe hacerse: cómo y para qué seguir levantándose cada día a cumplir con una rutina, un trabajo, una búsqueda de sentido en medio de un mundo sin sentido visible y, sobre todo, terriblemente injusto, social,  política y moralmente. Por qué y para qué aceptar la existencia y ser entre los otros, reconocerse entre los otros. Fue ese momento de violenta crisis interior lo que sus obras me permitieron enfrentar sin concesiones. En Mersault, ese indiferente personaje  para quien toda la vida podía justificarse por una sola tarde de sol junto a una mujer, o sentado fumando en un cuarto de hotel frente a una calle cualquiera; el hombre para quien los “grandes acontecimientos” de la existencia, incluso el asesinato y la propia muerte, no tenían más importancia que los pequeños momentos de belleza, de placer, de libertad íntima disfrutados a plenitud, me hizo entender el valor de la vida como tal, en su inmediatez, como revelación instantánea y suficiente, como accésis de lo eterno en la fugacidad del tiempo.

La lectura de toda la obra de Camus fue absolutamente indispensable para mí tanto desde lo  vital y lo filosófico como desde lo estético. Su contundencia conceptual, su claridad de estilo, su hondura y veracidad llenaron mi espíritu durante todos esos años. Desde aquella novela maestra intuí, descubrí el mundo y el ser que me correspondía asumir. La esencia de un ser y un hacer en el mundo que, sobre todo, definría también para mí una posibilidad creadora en la poesía como expresión no sólo de una angustia, de un estado sicológico, de un sentimiento o una emoción fácil, sino como un pensar coherente, preciso, como una conciencia rigurosa del límite, del silencio y del valor de la palabra misma. Visión que, naturalmente, se complementó con las lecturas de autores en ese momento providenciales: Lautréamont, Rimbaud, Kafka, Artaud, Henry Miller, Lawrence Durrell, James Joyce, Cesare Pavese y, más tarde, Emil Cioran, Thomas Bernhard y un largo etcétera que continuó ese diálogo inacabable entre la incertidumbre y la fascinación de vivir entre el absurdo mismo desde una cotidianidad sin dramas, gozando a conciencia del don de estar vivos, pero asumiendo también nuestras responsabilidades frente a los demás, sin hipocresías ideológicas o religiosas.

Después del Nobel, Camus moriría en un accidente de carretera en 1960. Pero sus libros no han envejecido. Leerlo sigue siendo hoy un ejercicio de lucidez y de comprensión todavía más urgente y necesario por cuanto, más que en aquella época, el invierno mental, la desesperanza y la incertidumbre parecen envolvernos. Aparte de los títulos antes citados, qué bellas obras nos dejó: La peste, La caída, Los justos, Calígula y sus famosos Carnets amén de sus cartas y otros artículos publicados al calor de los intensos momentos que vivió.. Camus  sigue siendo un escritor fundamental para entendernos, para comprender las circunstancias en que nos movemos frente a la deshumanización constante, la banalización y estupidización colectivas siempre latentes. Es, además, uno de los escritores del siglo pasado que mejor encarna el valor de la honestidad intelectual, la coherencia del decir con el hacer, y la simple alegría de estar vivos en medio del sinsentido, del vacío existencial, lo que él mismo expresó tan bien con aquella frase inolvidable: “En lo más crudo del invierno aprendí al fin que había en mí un invencible verano”.

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Envigado, febrero de 2013