Gustavo Arango, es profesor de literatura  hispanoamericana en la Universidad del Estado de Nueva York (Oneonta). Es autor entre otras, de la novela El origen del mundo ganadora del premio Bicentenario de Novela 2010 en México y la risa del muerto, ganadora del premio Marcio Veloz Maggiolo (Nueva York, 2002). Recibió el premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 1982. En octubre de 2013 fue el autor homenajeado por la Feria del Libro Hispana Latina de Nueva York por su contribución a abrir puertas a la comunidad hispana en los Estados Unidos. Santa María del Diablo, Ediciones B., Bogotá, 2014, acaba de ser galardonada en los Estados Unidos con el International Latin Book Awards en la categoría de mejor novela histórica, 2015.

Pedro Arturo Estrada

“Y en el último momento, cuando el Tuira fingió irse con el rabo entre las patas, exclamé ensorberbecido: “Voy al cielo”. Y al decirlo me he caído en este infierno en el que soy, seré y he sido el gobernador perpetuo de Santa María del Diablo”. (Gustavo Arango, Santa María del Diablo. P. 305)

La aparición de esta gran novela de Gustavo Arango viene a confirmar la excelencia actual de la literatura colombiana, más acá del escepticismo que a muchos les suscita. Junto a escritores tal vez más conocidos como Juan Gabriel Vásquez, Tomás González, Héctor Abad Faciolince y Pablo Montoya, galardonado hace poco con el Rómulo Gallegos, Gustavo Arango es una de las voces más estructuradas y originales de nuestra narrativa que, sin duda, sobrevivirán al tiempo. Obras suyas anteriores como, Un ramo de nomeolvides (García Márquez en El Universal, 1995) La risa del muerto (Premio Marcio Veloz Maggiolo a la mejor novela escrita en español, Nueva York, 2002) o El Origen del Mundo (Premio bicentenario de novela, 2010), entre otras, dan cuenta de un oficio ya largo y sostenido, aunque de suyo silencioso, apartado del mundillo mediático habitual.

Esta novela reconstruye los orígenes y la memoria de lo que fue aquella primera ciudad fundada por los españoles en medio de la selva del Darién, con el nombre de Santa María de la Antigua, que hacia 1515 llegó a tener un promedio de 3000 habitantes, y sin embargo, desapareció en el término de 15 años a causa del acelerado deterioro y despoblación a que Pedrarias Dávila, el entonces funesto gobernador enviado por el rey de España, la sometió.

Apoyado en las Crónicas de Indias, escritas por Gonzalo Fernández de Oviedo y la extensa bibliografía disponible en torno a aquella época legendaria y terrible, Gustavo Arango logra reconstruir para el lector contemporáneo una memoria bastante fidedigna y mejor contada, en torno a los hechos protagonizados por figuras como Juan de la Cosa, Alonso de Ojeda, Vasco Nuñez de Balboa ( Descubridor del Pacífico) y su contraparte, Pedrarias Dávila, llamado también “La cólera de Dios” por su crueldad, iracundia y delirio de grandeza.

Más allá del recuento historiográfico, importa aquí destacar la originalidad del enfoque y el desarrollo formal con los que Arango ha sabido abordar el tema de su novela. Porque la diferencia entre un cronista de la historia y un buen novelista, ya lo sabemos, se pone de presente en la manera como este último recrea los acontecimientos narrados, ya no sujeto a la linealidad ni a la simple verosimilitud factual, sino a la inteligencia, la conciencia y el grado de compenetración imaginativa desarrolladas frente al asunto tratado, y aún más: desde una palabra que cumpla, sobre todo, con el cometido de acercar al lector a esos hechos del modo más directo, más profundo y completo posible.

Gustavo Arango alcanza en estas páginas a materializar una visión poderosa en torno a la historia y las vicisitudes de unos personajes, la mayoría de ellos, olvidados o fríamente reseñados por las enciclopedias y los manuales: Juan de la Cosa, Alonso de Ojeda, el Bachiller Enciso, Vasco Nuñez de Balboa, el propio cronista Fernández de Oviedo y el terrible Pedrarias Dávila, entre caciques, bellas indígenas, heroicos aborígenes, soldados, aventureros de todos los pelambres que también nos conmueven, para bien o para mal, cada uno de ellos demarcado por su obsesión casi siempre trágica, en un lenguaje que les pertenece, que los evoca más acá del solo pastiche, como si los oyéramos otra vez hablar, como si sus palabras recobraran, la sonoridad y hasta la prosopopeya de entonces. Como si  Gustavo Arango, en este caso novelista médium, lograra hacerse puente entre estos personajes y nosotros, con la fuerza de una lengua aún viva en nuestra memoria ancestral. No es un simple ejercicio retórico el que aquí se realiza, es la permanencia de una palabra en el tiempo lo que esta novela nos revela, y desde luego, su gran belleza, su poder de desentrañar y hacernos ver una realidad que nos concierne, más de lo que sospechamos, y que sin vanos propósitos moralizantes, todavía tiene tanto que revelarnos, tanto que señalarnos y decirnos al presente.

Santa Maria del Diablo (1)No es gratuita entonces la asunción de una tonalidad, de un “estilo” particularmente barroco, propio de aquella época, lo que en Santa María del Diablo como recurso expresivo se nos muestra, puesto que se hace inherente y necesaria a los hechos descritos, puesto que de otra forma, la obra no alcanzaría el carácter, la belleza que al final reconocemos en toda su dimensión. Una novela que adquiere incluso, por momentos, visos fantásticos dada la naturaleza insólita de algunos acontecimientos, sueños y propósitos recreados, tan delirantes como el entorno mismo en el que se dieron:

Entonces la Muerte empezó a apoderarse de Santa María. Las calles se llenaron de gente en andrajos que habían sido ropas finas. Se arrastraban como muertos sin sosiego y mendigaban comida. Día y noche se escuchaban quejidos y oraciones y llantos de dolientes (…) Nadie supo explicar el origen de aquello que en la historia se llamó “la peste de la modorra”. Pasada la pesadilla se conjeturó que aquello fue obra de los mosquitos o de los espíritus del aire. Algunos sugirieron que los indios habían envenenado a los colonos con brebajes (…) La población entera dormía, día y noche, y se olvidaban de despertar y de vivir y, por falta de comida, muchos de ellos murieron mientras dormían”. (Ps. 204, 205)

“Cuarenta y tres años ha que ando y curso en estas Indias occidentales, y son pocos los hombres que he visto conducirse con provecho de su alma. Aquí los buenos corren peligro. Los más de ellos pierden el decoro, van cediendo y entregan su voluntad a los ministros de Satanás. Obediencia y servicio al diablo parecen aquí la norma”. (P. 37)

La imagen de aquella primera fundación en tierras americanas roza por momentos la categoría del símbolo, de la premonición histórica, sobre lo que devendría luego a lo largo de los siguientes siglos en nuestra historia, hasta hoy, cruzada de contradicciones, conflictos, intrigas, envidias, doble moral y violencias sin fin.

En aquella Santa María de la Antigua del Darién, cercada por la selva y millares de ojos recelosos, floreció nuestra primera idea de país, como herida, como marca sangrienta, entre la crueldad, el exterminio, la codicia y el idealismo utópico: sueño maldito que incluso como palimpsesto, como escritura que recrea otra escritura, voces diversas entrelazadas en una misma pulsión, un mismo delirio, 500 años después Gustavo Arango nos hace revivir, con maestría, con la solvencia de un oficio paciente y un conocimiento profundo.

Es esta una novela deslumbrante, llamada a permanecer, de lectura exigente no apta para lectores facilistas y perezosos, plena sin embargo de atractivos sutiles, de recursos formales, pero sobre todo, de poesía y honda reflexión en torno a la condición humana.

[box] Santa María del Diablo, Ediciones B., Bogotá, 2014, acaba de ser galardonada en los Estados Unidos con el International Latin Book Awards en la categoría de mejor novela histórica, 2015.[/box]