Este 20 de febrero se celebra un nuevo aniversario del Museo Metropolitano de Nueva York, que abrió sus puertas en 1872. Publicamos este texto para sumarnos a la celebración.

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Rara vez he tenido una multitud así. Afuera hace un frío criminal y los pocos que deambulan por las escalinatas se apuran a tomar un rumbo, un taxi, un bus, una entrada que el guía les señala cantando: “Over theeeere, to the leeeeeft”, influido tal vez por tantos musicales que tienen a la isla como escenario.

Adentro hay un hall inmenso y hay tibieza y es por eso que resulta posible encontrar por fin las multitudes que el invierno ha venido escamoteando.

Hay cientos de personas en todo lo que alcanza la mirada. Van y vienen a través de ese rectángulo que antecede los accesos a las salas. Los observo desde un balcón en el segundo piso. La posición es ideal, apoyo el cuaderno en el… y, aunque es bajo, todavía es posible escribir, levantar la mirada, volver a escribir, así hasta el límite del tiempo o del cansancio.

Podría calcular cuánto mide el salón rectangular, pero dudo poder acertar. Las referencias que poseo son curiosas, sé lo que son cincuenta metros porque cuando era joven esa era la longitud de la piscina. Así es como puedo decir que los lados más largos del rectángulo miden más que eso: quizá ochenta o cien metros. Uno de esos dos lados, el que da al este, tiene en el centro la entrada o salida principal, al domingo de invierno luminoso y a la Quinta Avenida.

Son tres puertas dobles de cristal que rara vez permanecen cerradas porque siempre hay alguien que entra o sale.

En ese mismo lado hay un par de cornisas con arreglos florales: flores de colores suaves, flores pequeñas, rosas blancas y amarillas, muy probablemente flores artificiales.

En el extremo del lado sur del salón principal, la gente hace fila para dejar o recoger sus abrigos. El invierno es una fila de gente pensando en abrigos.

Tal vez si cuento una de esas filas sea posible tener una idea general de las proporciones de la multitud que deambula por ahí

sin pensar todavía, tal vez el tiempo no alcance para pensar, en la que recorre las galerías: la egipcia con sus sarcófagos que al final, por ser tantos, dejan de impresionar, o el templo traído piedra por piedra, lleno de la luz del día que entra por los enormes ventanales donde a lo lejos se ve el obelisco de Cleopatra, uno de los tesoros olvidados que abriga el Parque Central;

o los impresionistas,

o el oriente lejano y cercano,

o el África que tal vez pocos habitantes de Harlem han visitado, que digresión por dios, enumerar es una trampa que tiende el infinito, también lo es contar cuántas personas hacían fila en una de las secciones de los abrigos, digamos que la suroriental.

Son unos cuarenta y cinco, nunca será posible llegar a una cifra exacta porque se mueven, porque unos llegan y otros salen, porque, como ya lo dijo Míster Heisenberg, o se mide la velocidad de los objetos o se establece su ubicación: es imposible establecer ambos resultados al mismo tiempo.

Ha terminado el primer lado de este cuaderno. Ahora me volveré para escribir por las páginas que –al derecho– quedaban a la izquierda. Creo que este cuaderno será insuficiente para todos los impromptus.

Pero eso no es malo. Aunque jamás conseguirás expresar por completo esta isla, habrás al menos rasguñado su vida, habrás tomado aún vivo, aún palpitante su fluir continuado.

No soy el único que mira hacia el pasillo desde el balcón rectangular del segundo piso.

Ahora mismo hay una familia a mi izquierda, viene saturada de arte y la madre ha dicho divertida que lo bueno de quedarse en ese sitio es que podrán esperar hasta que aparezca alguien del grupo que se ha perdido.

Su nombre es Allen.

Poe vivió en esta isla. Le gustaba recostarse a meditar en las rocas del West Side que se asoman al Hudson. Allí concibió El cuervo.

Sigo los pasos de Poe, de Melville, de tantos otros.

Ahora un hombre habla con su hijo o nieto de tres años y le muestra la magnífica construcción. Mira y lo invita a mirar hacia arriba, hacia los grandes círculos en el techo, a las claraboyas de cristales que los coronan, a los arcos.

Intenta levantar al niño para que pueda ver hacia abajo la multitud pero la madre dice que no: “El guardia ha dicho que nadie puede sentarse en el balcón, que no se debe subir al niño para que vea”.

El guardia también se habrá preguntado qué tan prohibido puede estar escribir largo y tendido, con el cuaderno apoyado en el… del balcón, pero no ha recordado ningún reglamento que hable del asunto.

Se me escapa una palabra. Trato de buscarla pero no la encuentro. Es la parte del balcón donde uno apoya los codos o el pecho.

Puede ser antepecho, pero no estoy seguro.

Siempre me ha desconcertado la impotencia para encontrar los nombres de los objetos más simples.

Las partes de un tenedor, los elementos de una casa, algunas partes del cuerpo.

La mano duele en algún lado cuyo nombre desconozco, el cuaderno está muy abajo, que rico sería tener una silla o poder cruzar las piernas y tenderse en el piso como el escribano egipcio pero si me siento en el piso es seguro que habrá un reglamento que me levante y además dejaría de tener buena vista sobre la multitud, que es lo que ahora me interesa.

No me interesa hoy la pintura de Van Gogh, ni la infaltable historia de la oreja que falta. No me interesa el código de Hamurabbi. Me interesa esa mujer de traje gris que mira el mapa del museo, antes de decidir el rumbo. Me interesa hablar de los rayos de luz que adornan su cabello, me interesa su lenta expectativa.

No quiero ver hoy tazas de porcelana con dibujos delicados. Me interesa la mano venosa, bien pintadas, con un anillo estruendoso, que acaba de apoyarse aquí a mi lado en el balcón y un instante después ha desaparecido.

Nunca conoceré el rostro que viaja con esa mano.

Esos nudillos finos serán todo lo que llegaré a saber sobre ese ser.

No quiero información sobre escuelas y periodos. Me basta con saber que ahí están y estarán por mucho tiempo. Prefiero el estruendoso colorido de la niña de ocho años, el gorro azul eléctrico, la chaqueta amarilla, el índice excavando en su nariz en busca de residuos minerales.

No quiero ver las esculturas, la desnudez legitimada por el tiempo, la pasión y el movimiento de las piedras. Quiero saber el grado exacto de pasión que une y separa a esa pareja de orígenes distintos, ese contraste negro y amarillo, esa figura de cebra que tejen sus dedos entrelazados.

Es posible que alguien me acuse de no ver todo por igual y es seguro que tenga razón al acusarme. Poco me interesa ver a los hombres, salvo algunos ancianos que despiertan alguna nostalgia de padre. Pero así son los riesgos que se corren cuando se le encomiendan tareas como ésta a un ser humano.

Veo una multitud, ya he dicho. Veo una multitud a la entrada del Museo Metropolitano. También lo he dicho. Veo, en lo que alcanza la mirada, unas quinientas personas: este es cálculo nuevo, a partir de la fila de los abrigos. Veo hombres y mujeres, grandes y chicos, niños y ancianos, jóvenes y adultos. La más joven de todos viaja en un cochecito azul y tiene un chupo en la boca y está rodeada por padre, madre y hermano de unos siete años. Ella no llega a los dos años y se deja llevar sin demasiada emoción. Nunca recordará esta visita al museo. A veces vuelve el rostro arriba y atrás y habla alguna cosa con su madre. Para ellos la visita ha terminado, ya le han puesto el gorro rojo y azul de lana, ya le han ajustado el zapato también rojo (imagino la elección de la ropa unas horas antes, las consideraciones de su madre sobre colores y temperatura), del mismo rojo, y se dirigen a la calle. Ya están en la calle.

Ahora busco al más viejo de todos y he tardado poco en encontrarla. Tiene un pañuelo entre las manos de dedos frágiles. Se suena la nariz, se limpia también la cara, guarda el pañuelo en el bolso. Está sentada en una de las bancas que ocupan el centro del salón. Ahora recuerdo que sólo he hablado del sector sur. Debo decir que en el centro justo del salón hay un cubículo octogonal donde un grupo de funcionarios ofrece información; que hacia el norte y el sur —hacia Egipto y los greco-romanos— se extienden filas de bancas donde es posible sentarse de cara al oriente o al occidente, espalda contra espalda, separadas por un común respaldo de madera.

Rara vez las personas en las bancas tienen conciencia de las personas al otro lado, muy cerca de sus espaldas. Tal vez así de cerca están los muertos que nos acompañan.

La mujer más anciana tiene camisa morada y pantalón negro, mira sin sobresalto, fija en algo o en alguien unos ojos de un color que no distingo y los deja ahí por un rato. Está en un extremo del banco y apoya el codo derecho en el brazo de madera. Tiene las manos unidas al frente. La izquierda se posa, se aferra con poca firmeza a la muñeca derecha.

Tal vez los que han venido con ella siguen viendo el arte inagotable, inaprehensible, pero ella está bien allí, tranquila y octogenaria, con su cabello plateado apenas arreglado, con el bolso de cadenita metálica.

Ahora alguien llega a buscarla. Es una mujer de unos treinta y cinco, elegante, llena de arte en los ojos. La ancianita se levanta con dificultad, se cuelga de su brazo izquierdo y caminan hacia el lado occidental del salón, se hunden bajo este balcón desde donde escribo —y esto no es más que una pausa, una muestra, de lo que veo, de lo que podría llegar a ver si siguiera mirando—, pero lo que de veras quiero demostrar, si es que de verdad quiero demostrar algo, es que mis ojos tienen predilección por las mujeres, por los rostros de mujeres, por las manos de mujeres, por las desnudeces vivas y ocultas y más o menos prohibidas de las mujeres.

Si tuviera que decir por qué disfruto de esta isla, si alguien me confrontara y me pidiera sólo una razón para amar esta isla, diría que la posibilidad de ver infinitos rostros de mujeres.

Hoy lo he sabido —aunque lo sabía desde antes—, hoy lo he sabido con claridad, con nitidez, con gozosa certeza.

Lo supe al salir del hotel Serendib y cruzarme con los primeros rostros: la mujer de gorro crema y cabello negro y ensortijado cayéndole a los lados, detenida en medio de la calle, reconcentrada en el sabor de un café que bebía de un vaso desechable.

Lo supe al ver a esa otra mujer desayunando sola y mirando pensativa, distante, hacia la calle a través de los cristales, mirando sin sorpresa mi mirada, sin expectativa, con sólo un leve interés fugaz.

Lo supe al ver los ojos cristalinos en los cruces de las calles, la por fin multitud, en la Quinta Avenida, los ojos directos y estrábicos y azules y negros y grises y verdes y miel del recorrido en tren hasta el museo.

No puedo ocultar que tengo preferencias, que hay juegos de luz y de sombra, que hay maneras de moverse y de mirar, que hay tonalidades y énfasis que me interesan más.

Siempre me he preguntado qué hay detrás de ese interés. He pensado que el daño irreparable de la alienación está detrás de mi sed de pieles claras, levemente trigueñas. Cuando quiero darle a mi anhelo un toque más personal, pienso en el pasado de mi sangre, en un europeo nostálgico atrapado en mi revoltijo de sangres, obligado a desear lo que ya no puede atraer con su piel tinturada, con sus rasgos imprecisos, su nariz africana, sus cejas y ojos vascos, sus pómulos indígenas.

Porque es claro que ese blanco que se ha hundido en su conquista es el que más desea, es el que mueve febril el motor de la esperanza, mientras sus hermanos negro e indio lo toleran, proponen perspectivas, intentan sosegarlo, brindarle alternativas a su búsqueda.

Y aquí estoy, más de una hora después de haber comenzado, en el balcón del Metropolitano, llegando al final del impromptu, en un otro nuevo fondo de mí mismo, la mezclura de pueblos, el escribano hispano, bebiéndose la isla, conquistándola a través de su mirada, nombrándola con sus propias palabras, y al beberla encontrando mis propias fibras íntimas: el deseo y la fiebre, la avidez sin descanso, la condena a anhelar lo imposible, ciertas pieles y labios, ciertos tiempos esquivos, cierto ahora imposible que huye, se escapa, se marcha.

Nunca, nunca jamás serán estas dos y cincuenta de esta tarde de este domingo, esta disposición de estas personas, de esta mano que escribe lo imposible.

 

*Capítulo de Impromptus en la isla, publicado por Book Press New York, en abril de 2010.