Tal vez por estos lados, a estas alturas de la Madison Avenue, vivía el escritor de la novela de Capote. Traté de leerla, llegué a la segunda página, pero era imposible seguir. La única razón por la que aquella historia podía interesarme era porque Audrey Hepburn estaba en la película basada en ese libro.

La divina Audrey Hepburn, haciendo un papel que nada tenía que ver con ella, que nada parecía tener que ver. Su rostro nunca pudo coincidir con esa representación de chica muy vivida, habituada a las rudezas de la calle.

He tomado el bus M2 a la altura de la calle 52. Ascenderá por Madison Avenue hasta el final del Parque Central, en la 110, luego doblará a la izquierda, pasará por Harlem y seguirá rumbo a Washington Heights.

Voy hacia el extremo norte de la isla, quiero pisar sus extremos. Ya que es inútil la tarea de contarla, decir un sólo instante de su vida, quiero al menos hacer ese gesto simbólico.

Por la 57 hacia allá queda el apartamento donde Marilyn Monroe vivió con Arthur Miller.

Jamás he llegado hasta el norte de la isla.

Años atrás, durante las pocas semanas que viví aquí, me pregunté cómo sería ese lugar.

Un par de veces pude ver el perfil de la isla desde el mirador de las palizadas: las barriadas del norte, el puente George Washington y más al sur la marea de edificios del Midtown, el descenso del perfil en la zona del Village y el remate final con el sector financiero y las torres gemelas. Desde el alto balcón de piedra traté de discernir el extremo más al norte de la isla, pero sólo conseguía ver la línea de los trenes, continua, sin interrupción, como si la isla no fuera isla y estuviera unida al Bronx por un estrecho margen de tierra y de piedras, carente de gracia.

Desde las ventanas de esa casa de cuatro pisos, Montgomery Clift invitaba a los transeúntes a tener sexo.

Pero nunca encontré una buena excusa para ir hasta el extremo norte de la isla. Ignoro qué aspecto tendrá ese sitio que a pocos interesa. Puede ser sórdido o baldío. Tal vez sea inaccesible. Dudo que tenga algo especial para los ojos de un turista convencional. Los lugares que interesan a los viajeros están al sur de la calle 110. Hacia el norte están las poblaciones invisibles, los negros y los hispanos, ese mal necesario que los urbanizadores sueñan con desplazar al Bronx, para extender por completo ese aire de centro de la tierra que tienen los que habitan en el sur de la isla.

El bus sigue ascendiendo por la Madison, recorre una zona de tiendas, de vitrinas que proyectan estilos de vida caros.

Hemos terminado ya un ascenso y descendemos, el bus viaja sin prisa, llevamos recorridas veinte cuadras.

Una chica de chaqueta blanca y gafas negras y rostro sin alma es zarandeada por un perro. A lo mejor tiene alma, pero parece no haberla encontrado ni estar interesada en encontrarla. Tal vez sólo tiene sueño.

Aquí el vestuario es importante. Importa el corte de pelo, la calidad de la chaqueta (el blanco ahora es signo de autenticidad en medio del negro tradicional entre los habitantes de la isla), el nombre y la exquisitez de la bolsa que se lleva en la mano.

Una o dos cuadras a la izquierda de Madison Avenue –una, ahora lo recuerdo–está el Museo Metropolitano, incrustado en el costado este del Central Park. Mañana será uno de los destinos de este viaje.

Ahora sólo hay vuelo de pájaro, dejarse llevar por el autobús notando a veces el paisaje, entendiendo de nuevo que no es posible ver el mundo y escribir al mismo tiempo, que siempre –por mucho que uno se esfuerce– escribir supone un retiro del mundo, un resignar los ojos.

Sé que podría tratar de escribir sin mirar el papel, pero apenas lograría dejar algunas frases en cada hoja y necesitaría mucho espacio para no correr el riesgo de escribir unas palabras sobre las otras.

Así que me resigno. Alzo la vista, miro y vuelvo. Escribo lo que he visto.

Las tiendas continúan, ahora ascendemos nuevamente en la isla de las colinas.

El nombre de la isla es un misterio que no se resolverá. La palabra es indígena. Manhattans se denominaban a sí mismos los aborígenes que encontraron los holandeses cuando decidieron instalarse en el sur de la isla para fundar Nueva Ámsterdam; cuando creyeron que engañaban a los indios pagándoles una suma irrisoria por la isla.

Durante un tiempo se creyó que la palabra significaba “La isla de los borrachos”. Se barajó también la conjetura de que significaba “La isla de los milagros” o “el lugar apropiado para encontrar madera de arcos” o “la isla de los eremitas” o “la gente de los remolinos”. Un lingüista colombiano señaló el parecido con la expresión caribe Mahates, para impulsar la teoría de que un día hubo en América un imperio frente al mar que se extendía desde Venezuela hasta New Brunswick. Pero la conjetura más respetada, o al menos la que mejor representa la farsa de la credibilidad científica, dice que Manhattan es una mezcla de vocablos de los indios Delaware y los Algonquinos que significa “la isla de las colinas”.

¿Cierto o no?, habrá que esperar la próxima conjetura. Pero es un hecho que la isla está llena de colinas.

También de eremitas y de borrachos.

En el cruce de Madison Avenue y la calle 88 hay algo como una leve cima y empieza otro descenso. Es un descenso breve. Cuatro cuadras más allá volvemos a ascender.

Buena parte del suelo de la isla está hecho de rocas inmensas que han permitido darles bases sólidas a los innumerables rascacielos.

Ahora tiendas de ropa interior y de ropa para bebé.

Empieza a descender la calidad de los locales, también la rigidez de la gente, la sensación que tienen los del sur de estar representando a toda hora un papel en una película. Hay cafeterías que venden jugos y bocadillos. Tiendas como las de cualquier parte.

Ahora se abre ante la vista un nuevo descenso, largo, hacia el norte de la isla.

Las calles se ven menos limpias. Por aquí no vienen los turistas. Los negocios son más modestos: una sastrería, una floristería, una tienda de materiales para hacer artesanías.

Después de la calle 100 el paisaje es muy distinto. Los edificios viejos tienen fachadas curtidas, algunos están abandonados, esperan a que la gentrificación cumpla su tarea de expulsar a los actuales habitantes y convierta este sector en zona de privilegios, en un pasillo más del centro comercial.

La mayoría de los pasajeros del autobús, ahora lo noto, es afroamericana. Un par de señoras mayores, un hombre como de cuarenta y cinco años. Estamos en Harlem. Ya hemos dejado la avenida Madison, hemos doblado a la izquierda en el Boulevard Tito Puente y ahora el bus se detiene frente al extremo norte del Parque Central.

Allí a una cuadra está el Museo del Barrio.

Tal vez algunos de los pasajeros de este autobús conocieron a Malcolm X, lo vieron recorrer estos lugares, vivieron esos tiempos de luchas que ahora parecen tan distantes.

El bus se detiene junto al parque. Hay un lago pequeño en una zona gris sin gracia.

También los extremos del parque representan contrastes. Al sur, en la esquina de la calle 59 y la Quinta Avenida, está el fastuoso Hotel Plaza, se vislumbra la ostentosa torre de Donald Trump, pululan los coches de caballos con sus cocheros disfrazados, las limosinas, los pintores callejeros, la gente con bolsas de almacenes famosos. Aquí, a la altura de la calle 110, el brillo y la vivacidad de los colores han desaparecido. Sólo negros e hispanos recorren el sitio, cuidan de sus hijos frente a los juegos metálicos. Hasta las aguas del lago parecen más sucias que las aguas de otros lagos del parque.

Escribo y me distraigo. Acaban de subir una chica y su madre, discuten con énfasis en el acento, con momentos en que las voces se agudizan, se extienden, como un lamento o una caricatura de sí mismas.

Ahora seguimos ascendiendo. Recorremos el Adam Clayton Powell Jr. Boulevard, a la altura de la 116. Hay por estos lados construcciones hermosas, testimonios de un esplendor antiguo. Sólo unos pocos edificios han sido restaurados. Todos tienen sus escaleras de incendios en el frente, la señal de identidad de las viejas construcciones de la isla.

La First Corinthian Baptist Church tiene una fachada que alguna vez fue fastuosa. Hace casi cien años era el teatro de cine más lujosos del mundo, el Regent Theater. Ahora la fachada es desteñida, castigada por los años.

Detrás de esos edificios persiste con dignidad el Hotel Theresa, el escenario de las gestas de Malcolm X, del combate digno de Mohamed Alí. También el anfitrión generoso que le ofreció refugio a un Fidel Castro embriagado de revolución, cuando otros sectores de la isla decidieron serle hostiles.

Todos los viajeros de este bus tenemos ancestros africanos. La mayoría sólo tienen esos ancestros. Solo unos pocos, yo mismo, llevamos también en la sangre otros orígenes: indios americanos, europeos, judíos, hindúes, árabes.

Recuerdo el viaje que hice a España hace unos años. Estuve recorriendo con algo cercano a la lástima la arrogante decadencia de una de mis sangres, la que trajo esta lengua que ya no es la lengua que trajo, porque muchas otras cosas se han sumado en el camino y la han ido transformando: las canalladas —por ejemplo–, el paisaje demencial del continente, la esclavitud, el absurdo, el sufrimiento.

Esta lengua ya no es más la lengua de los desabridos y desaforados castellanos. Muchas otras maneras de ser en el mundo se le han adherido.

Y aquí estoy, escribiendo esta isla con mi lengua de pícaros, escribiendo en la lengua que se impone cada vez más en este sitio, la que más se escucha, en la que más se canta.

Harlem sigue y sigue como si nada, parsimonioso y escéptico, como si jamás hubiera existido un bajo Manhattan.

Estamos en la calle 134, recorremos todavía el mismo boulevard de nombre largo, una avenida amplia de dos direcciones y cuatro carriles en cada dirección, con tiendas de abarrotes, de grocerías –como dicen los hablantes de engliñol—, con restaurantes baratos, con ya algunos rostros hispanos.

Algo que no había notado, que apenas ahora noto, es que la zona que se extiende hacia el norte del Parque Central alberga más de la mitad de la población permanente de la isla. Si excluimos el parque —ese rectángulo perfecto entre las calles 60 y 110 y las avenidas Quinta y Central Park West–, si pensamos que en buena parte de los rascacielos y edificios del Midtown y el Lower Manhattan sólo hay tiendas y oficinas, si pensamos además que en este lado se encuentran los “proyectos” –esos sórdidos bloques de ladrillo donde habitan multitudes que viven del bienestar social–, es fácil calcular las proporciones. Sin embargo, la gente de este lado de la isla es invisible para el mundo de allá abajo, donde tiendas lujosas y pantallas, donde restaurantes caros.

Alguna vez leí que en Manhattan hay más restaurantes franceses que en París. Los restaurantes son una obsesión de los habitantes y los visitantes de la isla. Para Raymond Sokolov, Manhattan es una pequeña isla al este de New Jersey dedicada a la búsqueda de almuerzo. He llegado a creer que para muchos es el placer más elevado que conocen y, las conversaciones sobre vinos con los meseros, su más intensa vida social.

Si uno quisiera establecer las diferencias más notorias entre el norte y el sur de la isla, la actitud frente a la comida es una de ellas. Mientras al sur los habitantes se enfrascan en impasibles batallas para establecer quién conoce los mejores restaurantes, quién tiene mejor gusto para apreciar rarezas culinarias. Al norte la gente come, sin pensar demasiado en lo que come, mientras habla de asuntos del vecindario,

de ese vecindario que no existe para el sur de la isla.

Tal vez por eso hacían ruido anoche los tres hombres negros que caminaban sin prisa por Times Square; querían recordarle a aquella gente que, a pesar de apariencias y artificios, esta isla es sobre todo una isla de negros y de hispanos, de seres humillados e ignorados.

Curioso también resulta que los policías de anoche fueran justamente eso: un negro y un hispano, que fueran marginados o inmigrantes recientes quienes cuidaban esas calles.

No te detengas. El bus no ha llegado a la estación de Washington Heights. De allí buscaré la manera de seguir hasta el final de la isla. Me quedarán aún por recorrer unas cuarenta cuadras hacia el norte.

Detente, si es necesario, tal vez sea mejor mirar.

Una mujer completamente blanca se ha subido al autobús. Tiene los ojos claros, probablemente grises. Tal vez tiene ancestros irlandeses. Su blancura se destaca, parece inapropiada entre las pieles oscuras.

La mujer habla español perfectamente. Tal vez es uno de esos raros seres que se han dado por estos lados: los irlaqueños, esa mezcla de irlandeses y puertorriqueños, las dos colonias más numerosas en Inwood, el último vecindario de la isla. Le habla a un hombre de rasgos aindiados, tal vez mexicano: “¿A cómo estamos del mes?”

El hombre piensa, tarda en encontrar la respuesta. Tal vez es ecuatoriano.

Por un momento pensé que el bus saldría de la isla, al llegar frente a un puente que comunica con el Bronx. Al fondo se veía el estadio de los Yankees. Pero el bus dobló a la izquierda nuevamente y ahora asciende entre colinas.

Ahora estamos más arriba que la parte más alta del estadio de los Yankees. Recorremos las alturas de Washington Heights. Muchos han tratado de trasladar la sede del equipo fuera del Bronx, traerla a la isla que todo lo puede, que todo lo posee, pero ha sido imposible, como ha sido imposible cambiar el uniforme del equipo.

Abajo, a la derecha, se ve rodar el río Harlem y la autopista Harlem River Drive.

El bus da un nuevo viraje hacia la izquierda y se detiene. Estamos en Washington Heights. Esta parte del viaje ha terminado.

Por Gustavo Arango 

Capítulo del libro Impromptus en la isla, publicado por Book Press New York en abril de 2010.