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Por Gustavo Arango

Cuando tenía veinte años me indignaba que mis amigos leyeran mis historias y me las devolvieran diciendo: “Tienen mucha influencia de Cortázar”. La rabia, en parte, era conmigo. Había proclamado hasta el exceso mi entusiasmo por Cortázar. Le había dado armas al enemigo. De nada me servía decir que Julio Florencio no era el único autor que había leído. Estaba condenado por plagio y, de paso, me invitaban a dejar el delirio de querer ser escritor.

Cuando nos comparan con otros sentimos una secreta humillación. Nos gusta ir por el mundo creyéndonos únicos. Por eso me tomó algún tiempo comprender que mi problema verdadero era no haber encontrado suficientes personas a quienes parecerme. Cuando por fin supe que toda persona se construye a sí misma con robos sutiles, pude reconocer que mis primeros intentos de hacer literatura eran imitaciones. Liberado de la culpa, busqué modelos afines con mis búsquedas.

Somos colchas de retazos construidas a partir de apropiaciones. Nuestras formas de vestir o de movernos por el mundo las tomamos o adaptamos de alguien. Hay rasgos de admiración o emulación en los dos o tres dogmas que nos guían por la vida, en nuestras preferencias en materia de amores o paisajes, y hasta en las formas que tienen nuestras letras (la “G” de mi firma se la robé a Julio Posada). Cuando hablamos de escritores, la influencia no está sólo en los temas o palabras. También, en la persona que cada uno se construye. Cada aprendiz lee las vidas de otros escritores, sus libros y sus actos, algunas entrevistas, y se va convirtiendo en el tipo de escritor que quiere ser.

Tengo en la sala de mi casa un mosaico con fotos de escritores que me han hecho lo que soy. La idea del mosaico tampoco es original. Se la robé a Tomás Eloy Martínez. En mi mosaico no están todos los que son, pero pienso que son todos los que están. Las obras de algunos las conozco hasta la obsesión. Ahí están Onetti, García Márquez, Cortázar, Beckett, Rulfo, Poe…  y necesitaría mucho espacio para explicar todo lo que les debo. Algunos están allí porque son símbolos de devoción al oficio, más allá de las vanidades del mundo: Salinger, Emily Dickinson, el mismo Faulkner. También están las mentes brillantes, aquellas que nos hacen sentir inteligentes cuando las leemos: Sor Juana, Chesterton, Borges. Están los bendecidos, como San Juan de la Cruz o Emanuel  Swedenborg y… bueno, hay muchos otros que no creo que se enojen si los omito.

Sé muy bien que en el mosaico hay olvidos imperdonables. Faltan todas las personas decisivas que no son escritores: mi padre y mi madre, algunos amigos, una tía abuela bendecida con una inteligencia abrumadora, un futbolista de cabello ostentoso que hacía poesía con el balón. Faltan también muchos otros  escritores. Todavía me pregunto por qué, cuando me puse en la tarea, me olvidé de Julio Verne. También me he preguntado a quién tendría que sacar para poner a Robert Burton, por ejemplo. Pero lo cierto es que el centro del mosaico lo ocupan presencias incuestionables. Allí está la imagen de mi hija, la escritora sensible y precoz que me guía en este mundo cada vez más ajeno. También está la imagen de Marilla Waite Freeman, el fantasma al que le doy mi corazón (este año espero terminar una novela que explica esa frase).  Junto a ellas, quizá también una presencia femenina, hay un espacio en blanco, un sonriente vacío, la imagen más cercana que he encontrado del primer Escritor.

Oneonta, marzo de 2013