“Escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie.

Después de Auschwitz toda cultura es inmundicia” — Theodor Adorno.

Pedro Arturo Estrada

“Diálogos conmigo y mis otros”Escribir poesía en “tiempos de penuria”, como lo dijo Hölderlin, sólo puede ser abordado hoy desde la ironía y el humor, enfoques que en tiempos como estos  nada tienen que ver con la banalización de las realidades abordadas por esa escritura. Pero hacerlo, además, “después de Auschwitz”, contraviniendo el dictum de Adorno, sólo significa que se hace desde una conciencia muy lúcida, todavía mucho más exigente, desafiando el silencio y los límites mismos del lenguaje como lo hizo el propio Paul Celan en su momento después de vivir en carne propia la barbarie nazi. 

Isaac Goldemberg es un poeta residente en Nueva York desde hace muchos años, cuya ascendencia judía y orígen peruano parece determinar la naturaleza un tanto ambigua si se quiere de su libro Diálogos conmigo y mis otros, publicado por la Academia Norteamericana de la lengua española en Estados Unidos,  coedición con Literal Publishing, en 2013.

Esta obra asume de entrada una irónica sinceridad en el lenguaje, el punto de vista y el tono de los textos que, pese a su carga autorreferencial, autobiográfica en parte, acaban involucrando al lector en una visión bastante honda del mundo contemporáneo, con alusiones políticas, sociales, filosóficas y éticas siempre inquietantes bajo las cuales, no obstante, es la voz de la poesía la que dice su última palabra.

Desde el comienzo estos textos asumen su propia incertidumbre formal, y es desde la duda metódica como recurso desde donde nos hablan con mayor eficacia, desde donde mejor revelan el doble fondo de las cosas que tratan: “Este no es un poema” (pág 13), dice el poema inicial en el que precisamente, luego de la terrible ssentencia de Adorno, es el nombre de César Vallejo, el peruano universal, el que se tiende sobre esa fisura abismal como para salvar el abismo: “Ironías de la vida: )… La vida juega con nosotros. // Juega y juega / y al final a todos / nos sale la misma ficha. // Los dados eternos. // Con este título / escribió Vallejo un poema / antes de Auschwitz”.

El libro es a todo lo largo un ejercicio dialógico ciertamente original: se apoya en los epígrafes más diversos de la poética moderna para establecer nuevos y reveladores nexos  de sentido. “Estos poemas son el diálogo / que ellos sostienen con los epígrafes / y estos epígrafes son el diálogo / que ellos sostienen con los poemas. / Pero sin saberlo”. (Prefacio).

Luis Benitez, en la contracarátula, nos dice que “Diálogos conmigo y mis otros nos ofrece la particularidad de referirse a los grandes temas universales con un lenguaje fluidísimo y fácilmente reconocible (…) donde campean por sus fueros el humor y la ironía más refinada, (…) recursos mejores para inducir a la reflexión sobre la condición humana, que es uno de los núcleos de sentido de su obra poética”.

Ciertamente este es un libro clave en la poesía hispano/newyorkina de los últimos años, poesía que rompe con la lírica convencional para expresar una conciencia escindida, ambigua y supérstite en un mundo donde nada es lo que parece. Un pequeño poema del libro lo expresa: “Es que a veces el cuerpo nos hace de golpe / y va quedándose como de paso / Comparte nacimientos para dejar constancia / de haberse hecho solidario // Viene el cuerpo de hundir / sus ojos tristes / de irsse amontonando en la carrera / de cavar exactos días / Es que el cuerpo no conoce muertes / hasta que sale a jugarse la vida”. (Pensamientos – pág. 57)