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Ocurren cada día tantas cosas cargadas de sentido. Pero suele suceder que cada día hay una de ellas que es la más importante. Sería posible incluso titular cada día de la vida, decir por ejemplo: 18 de septiembre, el día del rubor recuperado. Tal vez habrías titulado de ese modo esta jornada que se extingue. Después de hacer el balance general, de sopesar conversaciones telefónicas, miradas, tus vísceras ruidosas en sitios tumultuosos y callados, llegarías sin esfuerzo a concluir que lo mejor, tal vez lo único, fue ese rubor venido de no se sabe dónde, de decenios o países muy remotos, pero a la vez la conciencia de que pronto se iría y sería olvidado.

Y al darle ese nombre a tu día te habrías equivocado. Rara vez acertarías con el título que el libro de la vida le ha asignado a cada uno de tus días. Porque la vida lo ve todo, entiende hasta el detalle más insignificante.

Pero hoy las cosas las haremos de otro modo. Te diré cuál fue el hecho de este día, sólo para que veas lo lejos que estuviste de notarlo, y hasta te será dado el privilegio de nombrarlo.

¿Recuerdas lo que acabas de hacer? No, comer no. Aunque hay días donde impera la comida, la ligereza culinaria de esta noche está muy cerca de ser lo más insignificante. ¿Lo recuerdas? Lucha un poco. Pregúntale a tus manos. Digamos que recuerdas que arrojaste unos trozos de plástico a la basura. Eran los últimos trozos de la cubierta que tenía uno de tus libros. Temprano en la mañana habías notado que la vieja cubierta transparente tenía un tono amarillo, estaba resquebrajada y dejaba en algunos lados al descubierto la azul aspereza de la cubierta original. La verdad, lo habías notado desde hace años. Pero sólo hoy llegaste a preguntarte si sería posible remover todo el plástico sin que la cubierta original se destrozara. Forraste ese libro hace mucho y era justo suponer que la goma del forro ya estaba extinguida. No hablamos de cualquier libro, hablamos de tu libro: el primero al que llamaste tuyo, uno de los regalos más hermosos que has recibido en la vida, el diccionario de sinónimos que te regaló tu padre.

Pensabas en otras cosas cuando tus manos empezaron a remover la cubierta quebradiza y tus yemas comprobaron que la rugosidad original brillaba como acabada de crear. Hiciste la tarea diligente y metódica, hasta arrancar los últimos pedazos, cuidando que no arrastraran la tinta amarilla en el relieve del título. Pero no tuviste claridad para entender y recordar. Pensaste, sí, en todo el tiempo transcurrido entre el momento en que aceptaste contrariado la orden de forrarlo. “Todos sin excepción”, decía el comunicado de la escuela.

Y esta noche perdida de una adultez impensable, pudiste incluso saber cuánto había durado esa espera: treinta años, porque al lado de una firma que al final no llegó a ser tu firma, estaba el año aciago en que habías decidido mezclar ese libro con todos los otros libros de la escuela.

“Treinta años”, pensaste. Pero no pensaste más. En tu cabeza agotada no cabía tanto tiempo y tanta vida y tantos seres y paisajes, tantos dolores y dichas. “Treinta años”, volviste a pensar, procurando con esa repetición despertar algún atascado mecanismo evocador.

Pasaste las manos por la textura sin poder entender la alegría que sentías, casi sin saber que era alegría, y te pusiste a preparar la comida ignorando que tus manos habían acariciado el momento en que tu padre regresó del largo viaje, justo cuando empezabas a darte por vencido, al final de tu lucha de años por no olvidar su rostro, y puso entre tus manos jubilosas la caricia azul de cuero repleta de palabras.

 

Fragmento de la novela inédita El libro de la vida .