Pedro Arturo Estrada

Diferentes estilos arquitectonicos entrelazados en el paisaje de la gran ciudad. (Foto Nueva York Digital)

Diferentes estilos arquitectonicos entrelazados en el paisaje de la gran ciudad. (Foto Nueva York Digital)

Toda ciudad, ya lo sabemos, no es sólo el lugar, la estructura física donde se asienta la vida de un conglomerado humano sino además, su extensión inmaterial en el tiempo, su memoria, su historia viva y sus dinámicas sociales. Pero también, su proyección espiritual, su condición de obra estética en creación permanente por parte de sus habitantes. Así podemos reconocer a lo largo de la historia ciudades no sólo importantes como centros de poder económico y político,  sino como urbes hermosas en sí mismas, de altísima significación artística que perduran en la sensibilidad de un tiempo y un mundo en constante evolución. Para la humanidad Roma, Estambul, Paris, Praga, Viena, Londres, Moscú, etc, no son ya nombres de ciudades sino de monumentos universales, de hitos culturales maravillosos sin los cuales el concepto de civilización tal como la entendemos en occidente, no tendría incluso sentido. Ciudades en las que de alguna manera están presentes aquellas urbes míticas del pasado cuya grandeza registraron, exaltaron las antiguas escrituras: Nínive, Babilonia, Tebas, Troya…

Al presente, sin embargo, nuestras ciudades difícilmente pueden mantener esa visión quizá un poco idílica del pasado. Cada vez se hace más problemático su desarrollo, y se pierden las perspectivas tradicionales que hasta el siglo pasado definían sus trazos. La propia idea de ciudad está mutando dramáticamente, diríamos, frente a las últimas realidades: sobrepoblación, caos, violencia, deterioro de los espacios, marginalidad de grupos sociales, etc. Quizá cuando podamos superar esos problemas en el futuro resulte mejor habitar en ciudades pequeñas, otra vez a escala de lo humano, donde la vida cotidiana sea posible, alejada de los traumas actuales, y donde los habitantes no se sientan minimizados ni apabullados.

Por fortuna el sentido común resiste y debe hacerlo ante el embate despiadado de los ambiciosos  urbanizadores y consorcios económicos  que quieren convertir las ciudades en inmensas factorías, colmenas en serie, centros comerciales e inmensos parqueaderos, olvidándose de los pequeños espacios abiertos, accesibles para el encuentro, la conversación, el ocio creativo, la convivencia con el otro sin discriminaciones, donde sea siempre agradable caminar y sentirse al mismo tiempo  seguro y en plena libertad.  Espacios bellos como el café de barrio para tertuliar con los amigos, el museo local, la tienda de abarrotes, la librería de viejo, el parquecito donde los árboles y una humilde fuente alegren la vista bajo el cielo. Claro, hay que aceptar que las cosas cambian y que debemos adaptarnos a los radicales cambios de la época, y que es necesario renovar nuestra mirada frente al entorno, dejando atrás mucho de aquel lirismo romántico. Es cierto, pero debe haber todavía un camino intermedio entre la tradición y la innovación donde no se sacrifique lo esencial.

La ciudad como obra de arte colectivo no es una utopía. Debe estar en manos de todos,  no sólo de los políticos y los empresarios, porque todos desarrollamos en ella una función, contribuimos desde nuestras rutinas y prácticas cotidianas aparentemente banales a hacer de ella ese constructo de imaginación, de alegría o angustia que termina por definirla y proyectarla en el tiempo.