Prólogo en español del libro
“Serendipity: Un viaje fotográfico por Sri Lanka”
Edición bilingüe: Español-Inglés.
-300 fotografías,146 páginas-
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Como nadie es tan joven que no pueda morir mañana, hace unos meses empecé a preguntarme qué experiencia le faltaría a mi vida si la muerte llegara apresurada. No tuve que buscar mucho para encontrar la respuesta. Descartado el sueño de flotar en la luna, sólo había una idea que volvía insistente: visitar Sri Lanka.

Tendría que contar toda mi vida para explicar la importancia que “la lágrima de la India” ha tenido para mí. He olvidado el momento preciso en que esa isla me sedujo para siempre. He querido suponer que ocurrió cuando era niño, mirando los reinados, tratando de entender por qué las reinas que venían de Sri Lanka eran las más felices. El nombre me sonaba como música: Sri Lanka, ‘La isla resplandeciente’; en aquel tiempo acababan de adoptarlo, junto con la independencia, después de muchos años de llamarla Ceilán. Explorando los mapas descubrí que quedaba casi en mis antípodas. Me pregunté por qué nací donde nací, por qué no vine al mundo en la isla de la gente feliz.

Desde entonces no he parado de escribir ‘Morir en Sri Lanka’, una novela póstuma que es testimonio de mi amor por esa tierra. Sri Lanka, Ceilán, Ceylon, Taprobana, Serendib, Palesimunda, es –según algunas tradiciones- el lugar donde quedaba el paraíso terrenal. Sri Lanka es una piedra preciosa que flota en el océano Índico; es la naturaleza enloquecida inventando paisajes y seres y aromas. Sri Lanka es el país de la tierra con la ingeniería y la tradición escrita más antiguas que aún persisten. Es, también, uno de los centros budistas más importantes del mundo. Pero nada de eso dicen las noticias, para las que sólo existen las sangres derramadas.

A cada uno de nosotros lo acompañan ciertas palabras. ‘Serendipity’ es una de las mías. Fue un invento del escritor inglés, Horace Walpole (1717-1797), a partir de ‘Los tres príncipes de Serendib’, una historia oriental que circulaba por Europa en aquel tiempo. Serendib era el nombre que los árabes le daban a Sri Lanka. Allí también fue Simbad en tres de sus siete viajes. Los príncipes de la historia habían sido enviados por su padre a recorrer el mundo para adquirir experiencias y conocer a los hombres, con el fin de que un día fueran gobernantes justos y sabios. Los príncipes tenían una agudeza excepcional para observar. A eso fue lo que Walpole llamó ‘Serendipity’, esa capacidad de estar despiertos a la vida que, por ser tan infrecuente, casi es sobrenatural.

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Mi amor por Sri Lanka ha estado bendecido por el don de los hallazgos. Cuando uno busca algo, el mundo parece ordenarse para propiciar las cosas. Ha habido serendipity en mis encuentros con libros y personas que me fueron conduciendo, poco a poco, al lugar de la tierra donde tengo la sospecha de que voy a morir. Así supe de las referencias de Plinio el viejo y de Cosmas, de John Milton y Cervantes; así encontré los relatos de los viajes de Marco Polo y de Simbad, de las peregrinaciones de Fa Hsien y de Ibn Batutta; así seguí los pasos  de Leonard Woolf, Lanza del Vasto, Mark Twain, Pablo Neruda y Thomas Merton. También hubo serendipity, hace diecisiete años, cuando conocí en Cartagena de Indias a Kashyapa Yapa, el singalés errante.

En marzo de 2012 puse fin a un libro para el que alquilé mis manos. El cheque llegó jugoso y puntual.  Ese mismo día compré el tiquete que me llevaría al único sitio de la tierra que me interesaba visitar. Kashyapa reapareció en mi vida como un mago para darme las llaves de la isla. Un mensaje suyo a su familia y sus amigos me abrió montones de puertas y corazones. No fui como turista, sino como uno de ellos que hubiera regresado después de mucho tiempo.

Cuando el viaje era un hecho, los míos empezaron a preocuparse. Había insistido tanto con la frase “Morir en Sri Lanka”, que pensaban que la lengua iría a castigarme. Pero los augurios eran buenos y la alegría era inmensa. La Luna, Venus y Júpiter se alinearon en el cielo para verme abordar una hermosa nave árabe con nombre de princesa. El corazón quería salirse de mi pecho cuando las ruedas del avión tocaron la isla en la madrugada del jueves 29 de marzo.

Ahora Sri Lanka navega por mi sangre. Hay nombres que son como plegarias que me traen alivio y sonrisas a los labios: Mala, Premal, Praxíteles, Ama, Ranud, Ajith, Kanti, Krishni, Roshan.  Recorrí con mi cámara las ruinas de ciudades muy antiguas: Anuradhapura, Polonnaruwa. Respiré, como uno más de aquel lugar, la remota aristocracia de Kandy –la última capital del reino–, donde un diente de Buda congrega a millares. Me extasié ante los rostros, la tibieza, los olores, los sabores, las tallas de piedra y de madera, y fui a la vez una rareza para esas miradas de grafito, sonrientes y curiosas. Una tarde me alejé apurado de la costa, huyendo de la inminencia de un tsunami, pero invadido por una extraña paz. Me sentí perdido y dichoso en poblados donde nadie me entendía una palabra y, sin embargo, me envolvían con cariño. Encontré en Sunethra un alma amiga desde hace ya muchas vidas. Escalé castillos tallados en la piedra y me bañé en ríos de frescura cristalina. Pasé una noche entera ascendiendo a la montaña sagrada para ver salir el sol allí donde la huella de Adán (o la de Buda) se confundían con mis huellas. Volví a nacer aquí. Puedo morir sintiendo que mi vida fue completa.

 

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El libro está disponible en Createspace.

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