Por Gustavo Arango-

[dropcap style=”font-size: 60px; color: #9b9b9b;”] S [/dropcap]é que es inútil. Sé que, por mucho que lo intente, jamás conseguiré que signifique para otros lo que significa para mí (entre otras cosas porque ignoro lo que significa para mí). Pero también sé que no hay escapatoria, que tengo que contar aquella historia, que tengo que expresar su sencillez abrumadora. He pasado los tres últimos días pensando en la manera cómo debe ser contada y, a pesar de que no tengo nada claro todavía, mejor es que me arroje, antes de que todo se enfríe y desvanezca.

La historia tiene una nieve menuda que cae en un temprano anochecer. Han pasado ya varias semanas desde mi llegada. Mis salidas a la calle son cada vez menos frecuentes. Era mi primer deambular después de casi quince días de encierro total en el cuarto. La razón para salir era una entrevista muy importante a las seis de la tarde en un café del centro. De esa entrevista dependía mi futuro. De hecho la entrevista ocurrió y mi futuro ya tiene un panorama menos difuso que el que tenía hace tres días. Esa nueva certeza contribuye a alejarme de lo que quiero contar. Debo insistir en los detalles, en lo que sentía o pensaba, en la forma como se veía la vida aquella tarde.

Al salir a la calle y la nieve menuda pensé varias cosas: que faltaban dos horas para la cita, que me gustaría mucho deambular sin rumbo por algún rincón aún no recorrido, que la chaqueta de cuero y el gorro de lana serían suficiente protección contra esas diminutas telarañas de hielo que se derretían al caer.

Al dejar el hotel me ordené disfrutar del paseo, sin prisa, con atención relajada. Comprendí que el encierro, el lento rumiar de ensueños, me había hecho más sensible.

[one_third][quote] Ya había mirado muchos rostros cuando vi a la mujer de ojos amarillos. Ya había perdido la cuenta de mujeres absolutamente hermosas, ya la arquitectura y los sombreros habían dejado de importarme cuando casi me detuve a contemplar ese pedestal humano, ese montón de humanidad, ese despilfarro de hermosura. [/quote]
[/one_third]Con frecuencia me detuve a mirar arquitecturas o vitrinas. Noté también que, una vez más, estaba hurgando rostros con avidez descarada.

Quizá deba insistir en el placer que me produce mirar rostros. A veces pienso que ese único placer fue el que me hizo venir a esta isla. Me cuesta describir lo que siento sin tergiversarlo. Podría hablar de armonías, de almas reflejadas, de texturas y colores, de las vidas que uno puede imaginarse. Pero todo es accesorio.

Mi placer es un placer callado, un arrobamiento sin fin, una agonía deliciosa que dura el solo instante en que un rostro se ofrece al escrutinio de mis ojos.

Para volver a lo que ya estoy tardando demasiado en contar, tendría que agregar que casi siempre una barrera invisible me separa de los seres que esconden esos rostros. Las ciudades enseñan que no hay que estar respondiendo a las miradas que nos buscan o nos llaman, que lo mejor es refugiarse en lo inanimado. Las situaciones más extremas las he visto en el tren subterráneo. Decenas de personas apretujadas en un vagón se las arreglan para no mirarse, para viajar con aire ausente y los ojos fijos en avisos publicitarios o tubos o libros. Sólo muy pocos, y muy furtivamente, ocupan la espera en mirar rostros, en buscar ojos, quizá en anhelar cercanías.

Tendría que agregar que le había inventado un fin desganado a mi paseo (la búsqueda de un sombrero como el que usaba mi padre la última vez que lo vi) y que la humedad y el frío empezaban a atravesar mi chaqueta, pero no creo que deba abundar en detalles.

Ya había mirado muchos rostros cuando vi a la mujer de ojos amarillos. Ya había perdido la cuenta de mujeres absolutamente hermosas, ya la arquitectura y los sombreros habían dejado de importarme cuando casi me detuve a contemplar ese pedestal humano, ese montón de humanidad, ese despilfarro de hermosura. Un vínculo indeciso, insuficiente, la unía a su borroso acompañante. Su presencia era tan imponente, que el otro simplemente era una sombra, un bastón, un periódico bajo el brazo.

Quizá deba agregar que nuestro encuentro no duró más de dos segundos y, sin embargo, que es uno de los encuentros más importantes que he tenido en mi vida. Pero al hacerlo comprendo que me expongo a la burla, que me alejo de la posibilidad de ser entendido, que ya algunos consideran la idea de ponerle un nombre despectivo a todo esto y olvidarlo.

Ahora mismo se me ocurre que para explicar lo sucedido tendría que contar toda mi vida. Mejor desisto. Mejor renuncio y guardo para mí aquella vida plena que duró un instante.

Quizá sólo me sea posible decir que todo estuvo allí: el dolor, la ternura, el placer, el miedo, la dicha, el vicio, el éxtasis, la desesperación y la esperanza, la furia jubilosa de ser y estar con otro ser.

Todo en esa mirada que me vio hasta donde no puedo verme.

Todo en ese ser que me aceptó y acarició lo que yo soy hasta su fondo más recóndito.