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Fotografía de Alex Lima

 

Por Gustavo Arango

La palabra tormenta está asociada con estruendos mojados, con destellos salvajes que rompen la oscuridad. Expresa la inquietud en el espíritu. Pero abarca también variedades de sí misma contrarias por completo a las que suelen designar sus acepciones más usadas.

Cayó por estos lados una cosa misteriosa conocida como tormenta de nieve. El anuncio había circulado entre la gente desde el jueves temprano y se tomaron medidas: números de contacto, agua, leña, baterías y comidas enlatadas.

El comienzo fue tranquilo, minúsculo. Volví a pensar en la emoción que sentí, no hace mucho, cuando conocí la nieve. Recordé los juegos con los hijos, las batallas, los ángeles que dibujábamos tendidos boca arriba, aleteando con las manos.

Durante mis primeros contactos con la nieve, me resultaba incomprensible el fastidio que mostraban aquellos que nunca tuvieron que imaginarla. Los juzgaba insensibles, faltos de poesía. Con el tiempo he aprendido a entenderlos, pero insisto en que les falta poesía.

Las tormentas de nieve son una molestia. Es incómodo tener que abandonar la tibieza de la casa, ponerse guantes, gorros, botas, bufandas y chaquetas, para salir a palear la blancura acumulada, aunque siga acumulándose, porque si se deja allí se pondrá dura con el frío y será aun más difícil removerla.

Cuando la acumulación empieza a cubrir autos y casas, la diligencia de los paleadores debe ser continua, porque si no puede tomar semanas desenterrar la vida cotidiana. Hay tormentas que causan decenas de muertes. Los techos a veces se derrumban bajo el peso de la nieve. Los apagones a quince o veinte grados bajo cero pueden ser infernales.

Y sin embargo hay hermosura desbordada en esa blancura silenciosa y deslumbrante, en esa metáfora del poder de los esfuerzos menudos y continuos, en esa suave manera como la tierra nos recuerda que puede borrarnos.

El viernes cayeron sin sosiego menudos trozos de nubes que no hacían ningún ruido al estrellarse contra el suelo, al unirse a otros trozos para construir un suelo blando y uniforme, sin huellas humanas.

Antes de que salieran los paleadores, uno podía mirar por la ventana esa limpia superficie de porcelana que borraba calle y aceras y antejardines, para dejar solo una estepa impecable de árboles sin hojas, un mundo recién creado.

Mientras se mira la invasión de la tormenta, se asiste arrobado a un espectáculo anterior a toda forma de vida. El blanco más blanco que ofrece la naturaleza cayendo y apoderándose de todo con un silencio sobrenatural. El mundo viviendo sus ritmos como si careciera de testigos.

Y, al final, en medio de la blancura se escuchan unos crujidos como de merengues triturados y emergen de todas partes las criaturas más obstinadas que ha dado este planeta. Se miran desde sus tibias envolturas, sonríen, se saludan, arrojan bocanadas de vapor y emprenden la tarea milenaria de construir los caminos.

 

Oneonta, febrero de 2007.