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 “Y ella sus rumbos mágicos entabla”.

Lope de Vega

 

“Miren esa vaina…”, dijo Gustavo con voz ahoga­da.

Sus amigos miraron hacia el patio en tinie­blas y sintieron que algo extraño los estaba mirando.

La noche venía desde el mar, cargada de molécu­las minúscu­las de sales y de agua, sacudía las pal­meras, barría los techos de las casas, viajaba por el parque del Cabrero rumbo a la madrugada.

Una charla decreciente los había conducido hasta ese parque y esa hora perdida. Horas antes se habían reunido a la salida de El Universal –donde Gabriel y Héctor trabajaban–, habían recorrido las calles y los parques de la parte colonial –aún con parroquianos trasnocha­dos– y finalmente habían salido hasta el Cabrero, un barrio de casonas sometidas a la furia de la brisa, al norte de la ciudad.

De la charla atropellada que tuvieron, al momen­to de encontrarse, habían derivado hasta un silen­cio apenas alterado por breves comentarios. Los tres se hundían en sí mismos y volvían a encontrar­se en la soledad del parque. Gabriel masticaba pensamientos, Héctor era un corazón enloquecido y Gustavo los miraba, pensaba en el secreto privilegio de estar allí con ellos.

“La culpa se hereda”, dijo Ga­briel al final de un callado ba­lance.

Pensaron en la larga cadena de hombres y de culpas de esa vieja ciudad. Pensaron en la expia­ción del tiempo. Algún día no quedaría nada de ese villorrio decadente, atibo­rra­do de episodios olvida­dos, que en las noches parecía sólo de ellos. Algún día no habría casonas contra el viento, no habría casas colonia­les en la zona que rodeaban las mura­llas, no queda­rían si­quiera las murallas que los viejos españoles eri­gieron a lo largo de los siglos, esos grandes monu­mentos al temor.

Justo al frente tenían la casa de Rafael Núñez, un hombre que había sido cuatro veces presidente y que gobernó durante un tiempo desde ese lugar. Alguna noche habían hablado largamente de ese hombre y su mujer, Soledad, un ser tanto o más interesante que su esposo. Esa vez Gabriel había dicho, pensando en voz alta, que Soledad era un buen nombre para un perso­naje.

Gustavo volvió a pensar que hacía sólo unos meses conocía a Gabriel y que, a pesar de eso, sen­tía que se conocían desde siempre. Pensó en el vértigo de los veinte años de Gabriel, en los casi diez años que los separaban. Observó su porte digno a pesar de su escualidez, su piel de papel envejeci­do con algunas espinillas, su bigotito tímido. Volvió a pensar en el contraste entre su salud frágil y su implacable carácter. A Héctor lo conocía desde antes. Gustavo Ibarra Merlano nunca olvidaría el primer día que lo vio. Fue en la esquina del teatro Heredia. Héctor tenía trece años y le dio una conferencia deslumbrante sobre Veinte mil leguas de viaje submarino, el libro de Julio Verne. Desde entonces fueron amigos.

Héctor mismo le había presentado a un Gabriel desconfiado y recién llegado a la ciudad. Fue a finales de mayo. Gabriel venía con las pupilas aún heridas por el fuego del bogotazo. Había llegado a la ciudad para seguir con sus estudios de Derecho y estaba escribiendo unas columnas en El Universal. Venía con el prestigio de haber publicado algunos cuentos en un exigente suplemento literario de Bogotá.

Cuando lo conoció mejor, Gustavo empezó a com­prender que una de las bendiciones de su vida era tener amigos excepcionales.

Muchas veces, Gustavo fue a esperarlos a la salida del periódico, los oía comentar pormenores del trabajo, elogiar mutuamente sus columnas y, poco a poco, se integraba a la charla. Pronto habían consolidado una amistad profunda y esencial, –sin trago, sin fies­tas– hecha sólo de palabras, convicciones e intui­ciones compartidas en sus largas caminatas.

En las mañanas solían encontrarse en el restau­rante del hotel donde almorzaba Zabala, el jefe de Héctor y Gabriel y el alma del diario en el que tra­bajaban. Con Zabala, los tres muchachos guardaban un silencio reve­rente, esperaban sus contadísimas palabras y las recibían como alhajas. A veces inten­taban zarandear su timidez con comentarios salva­jes, con risas escandalosas o con poemas recientes.

“¡Qué cosa tan bella, qué cosa tan bella!”, decía Zabala aumentando el parpadeo de sus ojos achina­dos, arqueándose hacia atrás y aferrándose al borde de su chaqueta blanca, como si sólo así fuera posible evitar irse de espaldas.

En las noches, rara vez tenían la compañía de Zabala porque nunca se movía del perió­dico sin tener bajo el brazo un ejemplar de la edi­ción que la gente lee­ría en unas horas. Era frecuente que los encuentros nocturnos terminaran cerca de la casa de Gustavo –antes vivía en el Pie de la Popa y ahora vivía en El Cabrero–. Era frecuente que las charlas se apagaran en silen­cio y despedidas aplazadas.

Gabriel era apacible, mesurado, cuando hablaba presentaba la síntesis de lo que había pensado largamente. Héctor, en cambio, era una fuerza en movimiento. Respiraba esa noche del parque con vigor. Hacía algún comentario sobre el fuego en la memoria de las murallas, sobre la vida de las casas, sobre el mar que les enviaba su aliento pesado o sobre el árbol que tenía a su lado. Gabriel prefería escuchar, asentir, meditar. Héctor frotaba el tronco del árbol, se pegaba a él, lo olía, decía que todo, aún el sentido de lo dicho por Gabriel, estaba contenido en el misterio de ese árbol.

Y de nuevo callaban.

“¿Recuerdan esa frase de Lope de Vega?”, pre­guntó Gustavo.

Y ella sus rumbos mágicos entabla…”, citó Ga­briel hipnotizado, desconcertado por el enigma de la frase, jugando a imaginarle significados.

Fue entonces cuando Gustavo miró hacia el patio oscuro de una de las casas y sintió que allí había algo.

No era nada, pero era algo. Era como un vacío, un abismo de espacio o de tiempo agazapado entre las sombras, una respiración sobrenatural y ansiosa que los observaba.

“Miren esa vaina”, dijo Gustavo con voz ahogada por el susto y por el asma.

Y Gabriel y Héctor regresaron de su meditación y de su árbol.

Y miraron en silencio y sin aliento la presencia indefinible que los miraba desde la oscuridad del patio.

 

*Fragmento de Un ramo de nomeolvides: García Márquez en El Universal. La segunda edición del libro será presentada el 2 de abril por la editorial UPB en Medellín, Colombia.  Leer más.