New York

N.Y.

¡Ciudad mía, mi amor, blanca mía! ¡ah, esbelta,
óyeme! Óyeme  y un alma te infundirá mi soplo.
Suavemente en el caramillo, ¡escúchame!

Ciudad mía, mi amada,
eras una doncella todavía sin pechos,
esbelta como un caramillo de plata.
¡Ahora óyeme, escúchame¡
y un alma con mi soplo te daré.

(Poema de Ezra Pound, versión de Javier Calvo)

 

Ya no te veré —tal vez–, pero sabrás que siempre te amé. Que aprendí a hacerlo allá por los años 70 en las bellas postales que mandaban de ti los vecinos, los afortunados que habían podido viajar y gozarte hasta agotar tus encantos, tus míticas maravillas. Luego en las películas de Scorsese, y más tarde en las de Woody Allen, bajo ese glauco otoñal tan típico tuyo, aprendí a soñarte.  Aprendí a desearte desde mi adolescencia en la voz de Liza Minelli y después en la de Sinatra y tantas otras que te cantan, siguen cantándote como a ninguna más en el mundo. Siempre te imaginé musical, como tu jazz inagotable, tus viejos blues, tus big bands celestiales. Vislumbré en mi delirio tus alturas de vértigo, presintiendo  tu frío, tu calor, tu eterno sube y baja de agitada respiración, tu atmósfera de eléctricos azules al medio día y grises lentos en la tarde, tu aire de cine negro y elegancias imposibles. Te caminé en sueños, oteé desde el borde de mi silencio la enormidad de tus luces, el brillo de diamantes imantando los ojos de tus nómades. Quise ser animal de tus noches insomnes, vagabundo dormido en el subway del tiempo que te cruza, laberíntico y sucio, contemplar desde abajo el cielo cambiando de color sobre tus torres de acero pulido. Todo juntándose en un solo instante en el vertiginoso encuentro, la magia, el éxtasis, la ebriedad. Todo lo triste, lo bello, lo extraño, lo demente, lo perdido, lo apasionado y terrible, lo violento y lo dulce agitándose en tu centro como un néctar, un licor, un cóctel magnífico y final.

Ah, New York, New York, tu nombre habitó desde siempre el corazón solitario y provinciano perdido al sur, borrándose en la lejanía. Babilonia o Babel reconstruida de la antigua memoria de la tierra, tantos sueños, tantas vidas partieron hacia ti, se perdieron en ti. Tanta sangre, tanta piel joven, tanta lágrima fue a sucumbir bajo tus rascacielos, a extraviarse en las soledades de Hopper a medianoche, en los parques desconocidos descritos por O. Henry, en los antros de náusea donde el yonkie buscaba su último enganche, en los helados cruces que el viento rencoroso de Salinger persiguía entre la nieve. New York, New York apoteósica, descomunal como la historia misma del hombre, como su sed de infinito y su hambre de verdad nunca saciada. New York subterránea, marítima, aérea, fogosa, revuelta, caótica, eternamente despierta, brutal, sensual, abierta, vertical y honda, afincada en la roca, asida al borde de espacios sin fin, espirales que ascienden y descienden hasta el confín vacío de dioses que olvidamos, hasta el secreto pliegue de nuestro hastío último. New York estruendo, New York sinfónica, pianísima, acrobática, frenética, dulcísima, madre de exilios, lámpara cósmica, rosa sólida besada por todas los labios y las lenguas.

Mi sueño no viene a menos sin embargo, ni ahora mismo cuando pareces disolverte en  humo, ceniza y soledad, ciudad de poetas, putas y penados que cruzan por tus calles como en su día tantos otros soñadores, tantos otros ilusos, tantos otros obsesos, tantos otros ardidos, desasidos, tantos otros felices fantasmas de la luz que ahora son sólo un nombre, un rastro borroso de mugre, una oscura noticia en páginas perdidas bajo la indiferencia. Quiero verte después, otro día, otra tarde y conocer tus últimos árboles, tus niños, tus vidrieras, tus muros antiguos y recientes, tus museos sin tiempo, tus estaciones multitudinarias, tu Manhattan, tu  Times Square de película y hasta tu sucia nieve acumulada en la noche en frente del lugar donde amigos nocturnos se convidan, se abrazan a la luz de unos vinos y el corazón que tiembla, todavía, y seguirá amándote aunque no llegue a abrazarte.

 Por Pedro Arturo Estrada
  Envigado, Colombia
Diciembre de 2012