Las palabras son como laberintos donde siempre hay pasillos que jamás recorremos. Día a día usamos expresiones cargadas de sentidos que olvidamos o ignoramos, voces pobladas de pasados que se esconden detrás de los sonidos.

Decimos “amor”, por ejemplo, y nos unimos a un coro de voces que remonta los siglos, que cabalga en el par de sonidos a través de tragedias y dichas, que mueve montañas y derrumba imperios y, al final, se pierde en su origen etrusco, esa lengua de magos y arúspices que -al igual que el amor- nadie puede entender.

Una voz en la calle se dirige a montones de gente, los llama “señores pasajeros” y todos se dan por aludidos, prestan atención a los consejos o instrucciones, nadie parece sentir que hay algo extraño en esa forma de llamarlos.

Al final de una larga jornada, al hacer el balance del día, un gesto, una palabra, una sorpresa o una alarma, pueden parecernos pasajeros. Hoy podemos juzgar que el malestar de hace dos días o el evento memorable de hace cuatro empiezan a perder su inmensidad.

Cuando termina un año, en medio de los abrazos y los buenos deseos, un asunto de unos meses o semanas, un trayecto de tiempo que llegó a parecer largo, empiezan a encogerse. Ya son historia pasada, material de museo, cuando nos internamos en la madrugada del otro año.

En el subway o el autobús, la voz se dirige a la gente y nadie piensa en ese instante en las cosas que les dicen con las cosas que les dicen.

Pasajeros son los años, es la vida. En momentos decisivos que nos dejan vislumbrar todas las capas de los seres que hemos sido, hasta el más viejo de todos: ése con rostro de niño, comprendemos que el viaje ha sido breve, que ha empezado a terminarse desde el día en que partimos.

Relaciones y decenios se nos antojan fugaces, parpadeos cada vez más apurados. Si se miran con distancia, las mismas generaciones parecen multitudes que se atropellan, unos detrás de otros, a la salida de un estadio o una estación.

Pasajera es esta especie que hace apenas seis milenios pudo aprender a escribir, después de millones de años de golpes en los dedos y sonidos guturales. Pasajera es la vida y la revoltura previa donde la vida buscaba a tientas su camino.

Muchas veces cuando andamos por las calles hay oráculos que intentan recordarnos que hace poco que no éramos y que pronto no seremos, que la nada nos rodea. Para eso solo tienen que decirnos: “Señores pasajeros”.