Ricardo Peña Villa

Ricardo León Peña Villa – Foto Archivo

(A Ricardo León Peña Villa – 1960-2011)

Ah, cuántos poetas han vivido, soñado, amado, sufrido y gozado en Nueva York. Y cuántos han muerto en esta ciudad de todos y de ninguno. Son incontables y acaso, sólo podamos recordar siempre a los más famosos, poetas que de alguna manera han dejado su huella en la memoria del mundo, y en particular, de una metrópoli que los ha visto cruzar y a veces, caer sobre sus calles como pájaros de fuego y de ceniza.

Más acá de Whitman, García Lorca y un interminable etcétera de nombres extraordinarios, los colombianos podemos recordar que por N.Y. pasaron también poetas como José Eustasio Rivera y el mismísimo Porfirio Barba Jacob. Uno de los últimos y más queridos fue el Poe, nuestro inolvidable amigo, Ricardo León Peña Villa, nacido en Medellín, Colombia, en 1960, residente en Loisaida, (Lower East Side) en Manhattan, un hombre que además de sus versos bellos y combativos luchó por difundir la cultura, el arte, la sensibilidad, el pensamiento hispano al lado de otros tantos amigos. No en vano participó hasta el final  de  Puerta 10  y de los squatters, movimientos de vanguardia artística y social que aún lo extrañan, tanto como en la casa que compartió con amigos y artistas de todos los colores, su famosa Umbrella House. Del mismo modo contribuyó también a organizar y a darle vida al colectivo Poetas en Nueva York y siempre estuvo atento a colaborar en muchas iniciativas semejantes.

Sembrando un arbol en memoria de Ricardo Peña Villa

Sembrando un arbol en memoria de Ricardo Peña Villa

Por estos días volvemos a recordarlo especialmente en el segundo aniversario de su partida a otros universos. Sus poemas permanecen con nosotros, siguen inspirándonos así como su fortaleza, su vigorosa voz, su insumisión, su ironía y su humor agudo. Yo lo recuerdo de cuando venía a Medellín, siempre exultante y pródigo a compartir con su gente, sus amigos de barrio, los poetas anónimos, los jóvenes, los artistas de la calle, el torrente de su alegría, de su amor por la palabra libre de convenciones, sus sueños de rebeldía, sus protestas no condicionadas por ideología alguna. El año pasado visité con Blanca Irene Arbeláez, justamente el 11 de marzo día de su primer aniversario, el lugar donde reposan sus cenizas bajo el arbolito que Gajaka (Gabriel Jaime Caro, su amigo más cercano) y Tata Lopera, la esposa de Ricardo, sembraron sobre ellas, en un recodo del Jardín Botánico de Medellín. El sol de aquella tarde de domingo sobre los árboles, los niños y las parejas tendidas sobre la hierba de alguna manera también nos acompañó amoroso en aquel momento. Dejamos allí tres flores amarillas como homenaje.

Quiero compartir aquí, en su memoria, este poema escrito para él cuando la noticia de su ida alternó en el Facebook junto a las imágenes del tsunami en Japón.

CONTRA/ ELEGÍA

          Para R.L. Peña Villa, en memoria

 

          ¡Vendrán otros horribles trabajadores; comenzarán por los horizontes donde aquél se ha desplomado!
                                                                                                                                                                                      Rimbaud

 

Ah, Ricardo León, peregrino del día y ahora peregrino
de la noche sin tiempo, emigrante del vasto territorio del sueño,
hondero de palabras ardientes como piedras sacadas del infierno
con las que te batiste en combate ante el mundo y su “fértil miseria”.
No te olvide ninguno en el salvaje estrépito de tu risa y tus pasos,
ni te borre la muerte en la que sigues vivo sujetando las sombras.
No te ahogue el silencio con que anuda tu lengua el sol de los ausentes.
No te destruya nadie en la verdad que dejas clavada como un garfio
sobre nuestra memoria, ni acaben tus poemas como rojos paraguas,
blancos, verdes, azules abiertos en el viento oxidado,

infecundo de estos años terribles.

 

No te marchite el polvo en el corazón de tus pobres amigos.
No te lloren en vano los perros de la calle,

ni los niños que enturbian con su tristeza el aire
de tu verde país entre montañas,
de tu ciudad que crece como herida incurable.
No te detengas nunca
compañero en el viaje que de niño soñaste.
Atrás queda la sangre, atrás queda la lágrima,
atrás queda la muerte vacía sin tu sombra,
porque en la poesía ella no tiene entrada.

 

Aquí queda la página viva entre las manos

abierta como la lejanía

donde tú la dejaste.

 

(2011)

***

Envigado, Colombia, Marzo 2013