Después del  21 de diciembre pasado todos de alguna forma hemos respirado con un poco de alivio, no sólo porque “sobrevivimos”  sino porque por fin nos dejaron descansar con el tema. En las redes sociales los chistes y hasta los reclamos, las explicaciones no pedidas e incluso los insultos a los mayas, primeras víctimas del malentendido, nos tenían ya hasta la coronilla. Quienes creían y esperaban el cacareado fin del mundo, quienes tenían listo su refugio, sus bunkers, sus fortalezas del día después, diríamos que sufrieron la peor frustración. Que no sobreviniera la catástrofe anhelada fue el verdadero desastre. Después de todo, como en el poema de Cavafis, todo aquello, al igual que los bárbaros esperados pero incumplidos, “hubiera sido una solución”.

Tanta gente aburrida con el mundo, tanta gente deseando el cataplum sideral, el hundimiento global, no es sino otro de los signos más corrientes de nuestra época. El mismo que se advierte, se evidencia detrás de las recurrentes balaceras que a cualesquiera le da por protagonizar sólo porque su hastío acumulado o su momentáneo enojo  estallan sin causa aparente. Morir en solitario se ha vuelto banal e igualmente aburrido para muchos. Es como emborracharse solo y perderse el resto de la fiesta. La embriaguez orgiástica de la muerte colectiva en cambio, puede ser quizá más atractiva para muchos.

Ver rodar el planeta con toda su carga demencial por los abismos estelares produce asombro, pero también, seguramente, mucha ansiedad en los corazones. Saber que el verdadero apocalipsis lo estamos trabajando perfectamente desde hace años, quizá desde el principio de la historia, no nos conmueve tanto como la perspectiva del gran crash en mitad de un día azul, y sin que tengamos tiempo a prepararnos. (Sí, es duro repasar las imágenes de aquel 11 de septiembre). Fascinación por la “belleza de lo trágico” y lo terrible de la que escribieron Freud y Rilke en algún momento, inscrita en nuestros genes.

Pero no. Esta vez la realidad fue más sensata que la fascinación de esos horrores. El decepcionante mundito de todos los días sigue aquí, con su cielo, su sol, su viento, su frío, su belleza vulgar, donde las muchachas siguen burlándose de todo, donde la banalidad del mal se programa ininterrumpida en la tele cotidiana, donde el silencio de los asesinos se confunde con el silencio de los inocentes.  La gris realidad continúa marchando con nosotros al vacío, verdadero final de los tiempos. A eso, sólo a eso sobrevivimos acaso, minuto por minuto, mañana tras mañana.

A la pregunta chistosa que circuló después en las redes: “Todos los que sobrevivimos al fin del mundo … ¿tendremos que volver a trabajar en enero, o sólo nos hacemos los muertos?”, quizá muchos respondimos acogiéndonos a la última posibilidad. Porque para seguir trabajando como sobrevivientes de un apocalipsis imaginario hacia uno verdadero, es mejor escurrir el bulto.

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Pedro Arturo Estrada

Enero de 2013

Envigado, Colombia