Pedro Arturo Estrada

Primeros días de mayo. El verde se afianza y es una tarde soleada en Athens Park. De la escuela cercana vuelven a oírse alegres voces infantiles. Una señora de boina verde pasea su enorme perro amarillo con cara de jubilado cerca de la estatua de Atenea. En un extremo conversan los viejos. Hablan griego entre sí mientras, a unos metros, Sócrates parece escucharlos en silencio desde su pedestal. En más de dos mil años las palabras han cambiado pero no los sentimientos que buscan expresar. El ágora es ahora sólo este pequeño parque en Astoria donde la memoria de una antigua y espléndida cultura todavía permanece y el susurro del viento puede ser quizá el susurro de un dios entre las hojas.

Más allá de la piedra y el bronce que los representa, Atenea, como el mismo Sócrates siguen siendo espíritus de una ciudad al fin y al cabo hija de la civilización que persiste bajo otros rostros. Las ideas fundadoras permanecen, aunque enriquecidas y amalgamadas poderosamente con tantas otras sólo en apariencia  distintas. Por eso en Athens Park, Sócrates aún parece oírnos, invitarnos al diálogo primaveral, a conversar como hacen los viejos en torno a las últimas minucias del día que una tras otra son la vida. Las minucias que de seguro, como en el siglo V antes de Cristo, son la sustancia que mantiene viva una cultura, una civilización. Tal como entonces, las palabras no dejan de tejer la misma trama de memoria y sueño, inteligencia y emoción que es en últimas la historia humana.

La idea de la Polis sigue vigente aun con toda la desmesura que hoy la corrompe. El espíritu ático, que como ningún otro, inspiró lo mejor del ser americano aunque para muchos suene a viejo y barato romanticismo, no ha muerto del todo. Este agradable espacio de los parques públicos mantiene aún la medida, el ámbito de lo humano y no puede desaparecer sin que con ello desaparezca también la propia idea de ciudad. Por eso, la señora del perro amarillo paseándose tranquila al sol de mayo, los viejos de costumbre charlando de cualquier cosa, los niños que salen de la escuela y la hierática efigie de Sócrates brillando ahí enfrente desafiando el olvido no son sólo una señora aburrida, un perro común, unas voces, unos jubilados o una escultura más en un parque cualquiera. Todo eso de pronto adquiere, nos descubre un valor  extraordinario, nos habla de la antigua y siempre nueva belleza.

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Envigado, Colombia

Mayo, 2013

Descansando en el Athens Park.

Descansando en el Athens Park