Cada vez que nos abruma lo irracional, cada vez que el mundo y sus criaturas nos sorprenden con su poder destructor, suele asomarse a nuestros labios la palabra absurdo. Cada vez que me veo repitiendo con ritmo de letanía: “todo esto es absurdo”, suelo buscar refugio en un pequeño libro que fue escrito hace siete décadas, cuando muchos también decían lo mismo.

    En El mito de Sísifo, Albert Camus trató de interpretar el desasosiego que acompaña la vida y lo llamó el sentimiento de lo absurdo. Según él, todo ser humano llega a sentir el absurdo alguna vez en la vida y hay muchas maneras de asomarse a ese abismo: cuando nos sabemos mortales, cuando nos sentimos aislados, cuando llevamos una vida rutinaria, cuando nos descubrimos desterrados del presente, cuando seres y objetos nos revelan su extrañeza.

Después de haber sentido el absurdo la reacción más común es escapar. Negarse a pensar, volver al nicho de la inconsciencia, llenarse de ruido, atarearse, poblarse de deberes, medicarse, son opciones para huirle al hallazgo de que todo carece de sentido. Para el autor argelino, asumir una fe también es una manera de escapar. Otra fuga, la más radical, es el suicidio. En la primera línea de El mito de Sísifo, Camus dice que el único problema filosófico importante es el problema del suicidio. Pero concluye que el “héroe absurdo” es aquel que prefiere vivir, asumir cada segundo de su vida, consciente de la falta de sentido.

Camus encuentra en Sísifo la personificación del héroe absurdo. Castigado por los dioses, porque encadenó a la muerte y les quitó –por un tiempo– la clientela, Sísifo es obligado a empujar una roca hasta la cima de una montaña, para después verla rodar y tener que subirla de nuevo, para después verla rodar… y así sucesivamente. La tarea puede descorazonar a muchos, pero Camus dice que en la conciencia de lo absurdo de su castigo, y en la jubilosa voluntad de aceptarlo, radica el triunfo de Sísifo.

Lo que Camus no quiso o no pudo ver, cuando escribió ese libro, fue que la decisión de Sísifo también era una alternativa de la fe. Sin nombrar a ningún dios, sin aceptar ninguna práctica o ritual, el héroe absurdo asume la “fidelidad” a su tarea y, de ese modo, se convierte en una especie de santo. No por nada dijo Tertuliano, hace dieciocho siglos: “Creo porque es absurdo”.

Esa claridad contradictoria asaltó a Albert Camus poco antes de su muerte. Extasiado ante un paisaje, escribió en su cuaderno: “Llevamos una vida difícil, no siempre logrando ajustar nuestras acciones con la visión que tenemos del mundo. Pero llega el día en que el corazón tiene su sonrisa simple y primitiva. Millones de ojos han mirado este paisaje; para mí es como la primera sonrisa del mundo. Me transporta fuera de mí mismo. Niega mi personalidad y priva a mi sufrimiento de su eco. El mundo es bello y esto es todo. La gran verdad que me enseña con paciencia es que ni la mente y ni siquiera el corazón tienen verdadera importancia. El mundo lo reduce a uno a nada. Sin rabia, niega que yo exista. Y aceptando mi derrota, me muevo hacia una sabiduría, salvo que las lágrimas se asoman a mis ojos, y este gran sollozo de poesía que inflama mi corazón hace que olvide la verdad del mundo”.

Al recordar a Camus en su centenario, tal vez sea apropiado empezar a aceptar las dimensiones místicas que se esconden en sus libros.