Conocí a Oswaldo una tarde de verano a finales de la década de los 80. Estaba sentado en la acera de la avenida Roosevelt y la calle 80, cargaba a su perro Cariño. Recuerdo verlo vestido de mujer con sombrero y cartera multicolor. Lo saludé y le dije que me encantaría entrevistarlo. Se negó. «No doy entrevistas, a nadie». Para mi alma de reportera se despertó el desafío que sólo se cristalizó en 2006. Desde entonces hemos grabado cientos de horas de conversaciones, vídeos, sesiones fotográficas, caminatas por el vecindario que algún día lo aclamó a su paso. Recorriendo con Oswaldo las calles de Nueva York aprendí a analizar la transformación camaleónica del personaje, que a pesar de sus quebrantos físicos no se acobarda ante la sonrisa burlona de la gente. El rechazo de su propia comunidad tampoco lo acompleja, pero le incomoda, por ello aprendió a pedir permiso con anticipación cada vez que en su vecindario se celebran actos públicos. «Voy invitado, soy un complemento a la fiesta de los colombianos, dominicanos, ecuatorianos, o cualquier otra comunidad… me siento y espero… no quiero pasar por malos momentos».

En una ocasión viajé con Oswaldo y Cariño al Carnaval de Barranquilla, se nos unió desde Lima, el fotógrafo peruano Pedro Cárdenas Muñoz. Fue un gran ejercicio de trasladar a nuestro personaje de su medio ambiente y sumergirlo en un lugar bullicioso, alegre, caluroso y donde todos vestían extravagantemente, disfrazados con atuendos tradicionales o «pintas estrambóticas urbanas», parecidos al atuendo de Oswaldo en Nueva York. Hombres vestidos de mujer, con pelucas multicolores, sandalias brillantes de tacón alto, flores y muchas cintas coloridas le salían al paso a Oswaldo.

La Paisa bailó y cantó bajo el ardiente sol del Caribe colombiano, se mezcló con miles de personas danzando desenfrenadamente al son de los tambores y la flauta de millo; era otro ser más, desinhibido y alegre. Compartió no por interés mezquino, sino por la sabiduría de disfrutar cada día de su vida como sí fuera el último de su existencia.

 

EL VUELO DE SU VIDA

Se saboreaba sus labios carnosos, gotas del champán que bebía rodaban por la comisura de su boca y los vellos de su barba colorida se humedecían lentamente. El dulce aroma de la fina bebida se confundía con el aroma de café que las aeromozas empezaban a servir al resto de los pasajeros del avión de Avianca que lo llevaba a cumplir su sueño. Salir de Nueva York en invierno, era un lujo, más aun cuando el destino es el trópico caliente y rebosante de alegría de una fiesta mundana que iguala a las personas que se lanzan a las calles a bailar desenfrenadamente al ritmo de tambores y flautas de millo. El destino de su viaje lo mantenía despierto, aún en la madrugada de ese miércoles previo a la fiesta.

—Es que yo he conquistado al mundo, el capitán me ha enviado una bebida finísima. En el mostrador, a mi llegada al aeropuerto me dejaron pasar sin hacer fila, sin pagar exceso de equipaje, y a mi perro, a mi bella Cariño, la trataron como toda una reina, que maravilla, es que yo soy un ser de luz, reflexionaba Oswaldo, dándole vueltas a la copa de cristal que giraba entre sus dedos, buscando, jugando con los destellos de luz y el reflejo del sol en la ventanilla de la nave.

Qué encanto, qué organización, todos se apartan en una calle de honor, y a qué se debe tanta sonrisa a mi paso, será a mi porte de gran dama, o de gran señor, o a las uvas plásticas que adornan mi gorra de capitán de avión o a la pinta de Carlos Gardel con la que me visto en esta primera etapa de mi viaje. Oswaldo hablaba sin detenerse, recordaba los minutos previos al abordaje de la nave, caminaba entre la filas del gran aeropuerto que a esa hora de la madrugada empezaba a despertar del letargo de la noche fría de invierno.

Si Oswaldo supiera todas las vicisitudes del personal que participó en la coordinación de su viaje, si por un momento pensara en los otros, a lo mejor haría un brindis por ellos, con esa copa de champaña que empezaba a calentarse entre sus manos blancas, de uñas bien cuidadas. Imposible que sucediera, desconocía esa línea generosa y abordaba a quienes estaban a su alrededor con una mirada saltarina, con una sonrisa espléndida y con un estilo único que lo convertía de inmediato en un ser agradable… tal vez los primeros minutos, si no contaba chistes de mal gusto, frente a las mujeres y niños.

La limosina negra aparcó frente a la puerta principal del edificio donde vive Oswaldo, en Elmhurst, un vecindario de Queens, en la ciudad de Nueva York. A las tres de la madrugada llegó Jorge Rincón, el conductor previamente contratado, a recoger a su pasajero especial. Mañana por la mañana, a las tres hay que llevar a Oswaldo al aeropuerto Kennedy. Hay que llegar temprano, no hay que hacerlo esperar, eran las instrucciones recibidas por la secretaria de la agencia de limosinas. Impecablemente vestido, de saco y pantalón de paño de color oscuro vestía el conductor, un cartagenero que viste a la moda. Camisa blanca recién planchada y mancornas doradas, de esas que eran tan populares en la época de los años sesenta.

Oswaldo Gómez. El carnaval del mundo. Cortesía de Jacqueline Donado. Pulsa para ver el video completo

Sentado cómodamente en la silla del pasajero, Oswaldo daba órdenes a Jorge. ¡Cuidado con mi equipaje!, llevo todos los diseños de la última moda para mi viaje, y las pinturas naturales para mis cabellos y para Cariño, mi perrito, mi tacita de plata que traje un día desde el extranjero, pero qué locura, todos en Nueva York piensan que nació aquí. Que mi perra es neoyorquina… y la mamá de la perra… ¡Así me llaman algunos insolentes en la avenida Roosevelt en Queens!

Tomen asiento, abróchense los cinturones de seguridad y enderecen el espaldar de sus sillas, la única instrucción que siguió al pie de la letra Oswaldo, al momento en que escuchó al Capitán de vuelo, sabía que allí iniciaba el vuelo de su vida.

* * *

Las presentes crónicas hacen parte del libro «Hilo de la memoria», compilado por Jacqueline Donado. Nueva York, 2015. Book Press NY, www.bookpressny.com

_________
* Jacqueline Donado es una escritora y periodista colombiana nacida en Barranquilla en 1963, reportera, documentalista, editora e investigadora de medios. Corresponsal de los diarios El Espectador, El tiempo y subdirectora de El Diario/La Prensa de Nueva York por once años. Articulista del New York Daily News y de la BBC de Londres. En 2006 fundó la Feria multicultural del libro de Nueva York: “New York Books Fair Expo” realizada desde entonces en el Queens Museum cada año. En sus libros y reportajes explora el mundo y los conflictos de los inmigrantes. Libros publicados: Barranquilla, la Ellis Island de Colombia (2003); Cuentos locos, por periodistas idem (Compilación de relatos), 2006; Willets Point, el jardín de las cenizas (Crónica), 2008; Newyorkinos (Relatos e historias de Nueva York), 2013; El laberinto de la muerte en NY (Reportaje), El Tiempo, Bogotá, 2014.