Blanca Irene Arbeláez

        Cuando penetramos en la luz roja todo se hace más intimidante. Es como un jardín inmenso sembrado de árboles de sangre, vómito y estiércol por donde se pasean las más repugnantes criaturas, desde políticos hasta serpientes de tamaño descomunal. El piso es de grava cortante, y lleno de brasas ardientes, plantas venenosas que emanan pestilencia. Entonces comprendemos, éste es el jardín principal que rodea el palacio del propio Satán. Seguimos adelante y en pocos instantes estamos entrando por las puertas, bastante lujosas eso sí.

—Hemos llegado a la casa del Diablo mismo.—le digo a Sarai.— Tenemos que ser muy prudentes con él. A veces está de mal humor, como a veces puede ser en exceso amable y hasta zalamero. Debemos tener cuidado y tratar de no cometer alguna imprudencia.

Los guardias infernales nos abren paso.  La mansión de Satanás, después de todo, no me impresiona demasiado. Me recuerda los lujos y el mal gusto de algunas casonas de ricos que conocí en la tierra: Paredes de mármol rojo, enchapados en oro y hasta perlas enormes, cortinajes de terciopelo negro, grandes estatuas de mujeres y hombres en actitudes insinuantes, pebeteros, piscinas llenas de vino y cerveza, etc. La servidumbre conformada por diablos gordinflones y de aspecto afeminado. Pero Sarai está vivamente impresionada. Boquiabierta. Nos detenemos en el salón principal mientras el dueño baja a saludarnos. No obstante, cuando aparece, como todo un playboy, nos extiende la mano con mucha amabilidad y nos da la bienvenida. Toma asiento sobre un gran sillón y, descubro que comienza a coquetearle a Sarai. Ella lo ve con certeza muy atractivo gracias al poder que refleja.

Por su aspecto, músculos bien marcados, nos damos cuenta de que sí es aquel Lucifer bellísimo que dice la historia. Sus ojos reflejan un gran encanto, y su sonrisa enmarcada en unos labios gruesos y sensuales, se parece a la del mismo Sandro, el cantante que tanto admira Sarai. Viste un traje blanco impecable.  Dos diablos traen en una bandeja de oro una botella de aguardiente antioqueño con las respectivas copas  y, con gentileza, nos invita a un trago.

—Me agrada que de vez en cuando vengan de allá arriba a hacerme la visita. Yo sé que al supremo jefe no le gusta, pero de malas, después de todo es bueno saber que aquí también pueden pasarlo sabroso. —dice el diablo relamiéndose los labios con su rojísima lengua y guiñándole el ojo a Sarai que no puede evitar ponerse colorada a pesar de ser sólo ya una sombra blanca como yo.

Después de un rato de amena conversación con don Satán, nos despedimos dándole las gracias para continuar nuestro recorrido.

Blanca Irene Arbeláez- New York. Libros: El primer amor nunca se olvida, Cómo debemos morir, Te espero en el cielo y un libro inédito Las Carangas resucitadas, 20 poemas y un cuento, que publicará próximamente.

Blanca Irene Aberláez

 

 

Blanca Irene Arbeláez- New York. Libros: El primer amor nunca se olvida, Cómo debemos morir, Te espero en el cielo y un libro inédito Las Carangas resucitadas, 20 poemas y un cuento, que publicará próximamente.

 

 

 

Serie – Relatos de fin de año

1- Hasta la libertad cuesta dinero – Renandarío Arango – Lea relato

2- Un pedazo del sueño Americano – Gabriel Panagousoulis – Lea relato

3- Una visita al Tostadero – Blanca Irene Arbelaez

4- “Los niños son un estorbo” – Karla Florez Albor – Pronto