El pelo facial y el poder del criollo en América Austral pos-independencia

Julio César Paredes

En su libro Magical Hair (1957), C.R. Hallpike explica como a lo largo de la historia, el pelo se ha representado como un símbolo de gran significancia para la sociedad. Partiendo de la teoría de los símbolos de Edmund Leach, Hallpike establece como el pelo es vinculado a la sexualidad. Para ciertas culturas el pelo de una forma general es asociado al semen, el corte de pelo a la castración, el pelo largo a la sexualidad desenfrenada, el cabello corto a la sexualidad restringida y el pelo muy rapado se relaciona con el celibato.

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Retrato de Juan Manuel de Rosas con la bandera de la Confederación de Argentina Siglo XIX. Autor: Anónimo. Sin fecha.

En su estudio, Hallpike explica como es recurrente en la literatura de tipo etnográfica la relación del pelo con el alma o un espíritu protector.  Y dentro de la simbología religiosa y política, el pelo tiene un significado de poder, control y manipulación. El pelo largo se asocia con rebeldía y ascetismo, mientras que el pelo corto simboliza disciplina y sumisión.

Durante el siglo XIX el estilo del pelo facial principalmente en el hombre, estableció un importante cambió en la forma como la cultura occidental representaba el poder y la masculinidad. En este período, el uso de las barbas tupidas se extendió desde los márgenes sociales habitados por artistas y chartists (miembros del movimiento de clase trabajadora por una reforma política en Gran Bretaña entre 1838 y 1848) hasta algunos círculos respetables como los letrados. Los victorianos tenían mucho que decir acerca de esta renovación de la imagen masculina. El profesor de historia en Wright State University, Christopher R. Oldstone-Moore, asegura como los hombres de la época victoriana (1837-1901) participaban en tertulias y debates a través de publicaciones como folletines, periódicos y revistas que expresaban de una forma u otra la evolución del concepto de masculinidad. Estos discursos ofrecían una alternativa en la decisión de millones de hombres británicos y las colonias británicas con el fin de rechazar más de un siglo de tradición dejándose crecer la barba. Lo tradicional era lucir la cara bien afeitada o un simple bigote.

Testimonios iconográficos de la época, en especial afiches y postales que se imprimían en Europa pero que viajaban al continente americano, documentan fielmente la moda del pelo facial y su lo que cada estilo representaba durante la época victoriana. Uno de ellos era Hierarchy of Beards, una imagen tamaño bolsillo que mostraba la jerarquía del hombre según el tipo de barba, bigote y patillas que llevaba. Otro testimonio era Haircuts and Beards, una guía publicada por la revista Vogue, en la que se mostraba el corte de cabello que se debía llevar en conjunto con un estilo de barba y un bigote específico.

: Federico Errázuriz Zañartu (1825-1877). Colección: Biblioteca Nacional de Chile. Disponible en Memoria Chilena. Sin fecha.
Federico Errázuriz Zañartu (1825-1877). Colección: Biblioteca Nacional de Chile. Disponible en Memoria Chilena. Sin fecha.

En algunos países era obligatorio para los soldados dejarse crecer el bigote. Desde el siglo XIX, el ejército británico prohibió el rasurado del labio superior, en todos los grados hasta que el reglamento fue abolido mediante una orden del ejército el 6 de octubre de 1916. El llamado bigote inglés en su estética era relativamente delgado, de pelos muy largos extendidos hacia los costados, y representaba la madurez y el respeto como elementos de la virilidad. Contrario a las barbas y patillas que estaban prohibidas en todas las fuerzas militares y hasta en la policía de mediados del siglo XIX. Una cara afeitada y limpia se consideraba parte de un espíritu de orden, higiene y disciplina. La barba de tres días se considera inaceptable y era controlada con severidad. Un bigote bien cortado se permitía en la mayoría del ejército, aunque en algunos casos se trataba de un privilegio de oficiales y suboficiales, y no se permitía el crecimiento de la barba durante el servicio.

En América Austral, como se le conocía a la región más sur de la América Hispana durante el siglo XIX, y que comprendía los territorios de lo que actualmente es Argentina, Chile y Uruguay (hoy Cono Sur), el hombre criollos se definía por su estilo de pelo facial. Los terratenientes criollos imponían la moda debido al acceso que tenían a las tendencias que dictaban Londres y París, ciudades con mucha influencia en América Hispana después que las colonias se independizaron de España y Portugal. La influencia de los nuevos estilos europeos se podían apreciar en publicaciones decimonónicas como La Moda, revista que se publicó entre 1837 y 1838 en Buenos Aires, y La Mariposa, periódico quincenal de modas, costumbres, música y literatura, impreso en Valparaíso entre 1863 y 1864.

"Peluquería de moda. Casa Ruiz y Roca, Sarmiento y Florida. Autor: Colección Witcomb/Archivo General de la Nación, Argentina. Año: 1886.
“Peluquería de moda. Casa Ruiz y Roca, Sarmiento y Florida. Autor: Colección Witcomb/Archivo General de la Nación, Argentina. Año: 1886.

El panorama político pos-independencia en la América Austral durante la construcción del estado-nación se dividía en dos bandos, liberales y conservadores. En su libro La historiografía literaria del liberalismo hispanoamericano del siglo XIX (2002), Beatriz González Stephan sostiene que los conservadores querían mantener la autonomía y continuar con la institucionalidad de la Iglesia Católica que existió antes de las guerras independentistas. Los liberales por su parte iban contra la estructura heredada del coloniaje y creían en el progreso. Pero según González Stephan el discurso del liberalismo era contradictorio e impreciso en el siglo XIX. El grupo de liberales lo constituían la élite letrada y a partir de mediados de siglo establecieron alianzas con los conservadores con el propósito de mantener protegida la propiedad privada. Estos dos grupos no solo adquirieron seudónimos en cada región, pipiolos y pelucones en Chile, federales y unitarios en Argentina y colorados y blancos en Uruguay, también se diferenciaron por el estilo de barba, bigote y patillas que lucían. Si observamos y estudiamos la iconografía de la época como publicaciones, fotografías, caricaturas y daguerrotipos, podemos deducir que en su mayoría los conservadores lucían una cara limpia, completamente afeitada y en algunas ocasiones patillas largas o bigotes estilo chevron (bigote completo) o handlebar (bigote de extremos alargados que se estilizaba con cera), pero muy pocas veces llevaban barba, patillas y bigote juntos. Mientras que los liberales preferían lucir una barba tupida, al estilo del pintor belga Van Dyck (barba larga solo en el mentón en forma de triángulo invertido) o el Shenandoah (una barba tupida unida con las patillas, pero sin bigote).  Un buen ejemplo de lo dicho se obtiene al comparar las pinturas del caudillo federal Juan Manuel Rosas, retrato de 1845 por Cayetano Descalzi y el retrato del escritor argentino Esteban Echeverría, de 1873, por Ernesto Charton, que muestran las diferencias en el pelo facial y la vestimenta.  Estos documentos iconográficos muestran a un Rosas vestido con uniforme colorado y sin barba, contrapuesto a la imagen de Echeverría que luce un traje negro y una barba en forma de U.                 

Esta diferencia la presenta Echeverría a través de un panorama estético de las categorías de la ficción y la crónica en El Matadero, cuento publicado en 1871. “¡Allí viene un unitario! … ¿No le ven la patilla en forma de U? No trae divisa en el fraque ni luto en el sombrero”. En este cita vemos como Echeverría adopta su posición frente a los dos grandes partidos, federales y unitarios, y al igual que los miembros de su generación, se embarca rumbo a la construcción de Argentina como República, para así desprenderse de lo español y sus costumbres cimentadas en la población, buscando en lo europeo, Francia e Inglaterra, la cultura y educación, también la adaptación a la elegancia de los modelos y recursos europeos. Esa elegancia traducida en el hombre no sólo a través de sus vestidos, sino también en su prolijidad estética y en especial el pelo facial como símbolo de expresión ideológica.

Caricatura detalle de la portada del periódico uruguayo La Ortiga y el Garrote No 2 (Diciembre 14, 1873). Se puede observar un énfasis en mostrar el estilo de pelo facial para representar a los personajes políticos. Colección: Publicaciones Periódicas del Uruguay.
Caricatura detalle de la portada del periódico uruguayo La Ortiga y el Garrote No 2 (Diciembre 14, 1873). Se puede observar un énfasis en mostrar el estilo de pelo facial para representar a los personajes políticos. Colección: Publicaciones Periódicas del Uruguay.

A parte de la categorización de libertinos e incrédulos, los unitarios tenían como emblema la barba en forma de U sin usar bigotes o se rasuraban la barba dejándose unas pequeñas patillas. La barba de “candado” o de “herradura” significaba libertad para el unitario. Para los partidarios del régimen unitario era necesaria la organización del país con un sistema liberal y centralizado, basado en el progreso y civilización a través de emigraciones y educación. La barba unida era símbolo de esos principios de libertad y cambio.

De esta manera, Echeverría establece la gran diferencia entre los federales y los unitarios. Los federales que en su mayoría eran caudillos y militares, lucían un bigote estilo inglés. La unidad militar a la que pertenecía el soldado regulaba el estilo de pelo facial que experimentaba grandes variaciones. Entre esas variaciones se encontraban desde la prohibición total del pelo facial hasta permitir bajo ciertas condiciones, un pequeño bigote que era permitido bajo petición al superior competente. En el otro extremo, si era recomendable o incluso en algunos casos era obligatorio, lucir un tipo de bigote o barba por considerarse parte integrante del uniforme.

Un documento que corrobora la existencia de distintas formas de exponer las simpatías partidarias durante el siglo XIX, es una carta fechada el 2 de septiembre de 1839, escrita por Prudencio Domingo Rosas, quien le comunica a su hermano, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, su deseo para que éste refuerce la orden de que todos los milicianos usen bigotes y los conserven mientras dure la guerra contra los “pérfidos salvajes unitarios y sus imbéciles aliados, los incendiarios franceses”. Eran tiempos en que se enfrentaban el bigote federal con las barbas unitarias. Muchos civiles usaron el bigote federal para diferenciarse de los unitarios.

El prototipo del hombre propuesto dentro del proyecto civilizatorio es el de un adulto sin los estragos de los años, por el contrario se deseaba un tipo de “hombre de negocios”, joven, dinámico y robusto. La vida pública de la historia nacional debía ser protagonizada por un nuevo héroe joven, por eso el mercado propiciaba toda clase de productos como afeites y cremas rejuvenecedoras. Por el contrario, características como la decrepitud, la enfermedad, la vejez, podrían atentar contra el triunfo del programa desarrollista del terrateniente.

Beatriz González Stephan explica el concepto de limpieza que predominó durante el siglo XIX en la América Hispana, y el cual no se asocia particularmente con el uso diario del agua y jabón. González Stephan hace hincapié en lo usual que era la “higiene fragmentada, donde importaba más el control de las excrecencias visibles de partes de cuerpo (sudores, barbas, uñas, mal aliento, legañas, eructos, escupitajos)”. Entonces la noción de aseo estaba relacionada con un control de la apariencia y de lo visible. Ejemplo de esto es el famoso Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño publicado en 1853.

El asunto de la barba y el bigote en la representación del hombre criollo juega un papel importante durante la construcción del estado-nación y de una identidad nacional en la América Austral del siglo XIX. Podría decirse que equivale a una forma de control social donde el pelo facial es simbólicamente significante. Hay que recordar que a través de la historia, el bigote ha sido considerado como un símbolo de hombría y virilidad, pero también es indicativo de clase, sabiduría, autoridad o poder según el momento y la sociedad donde se le ubique y represente.

Julio César Paredes es un estudiante de doctorado en estudios culturales hispánicos en Michigan State University. Su trabajo de investigación doctoral se enfoca en masculinidad, estudios visuales y moda.   

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