Hugo Sandoval creatividad desbordada del trópico

Por Jorge Iván Mora Zapata

 Hugo Sandoval
Hugo Sandoval

La obra pictórica de Hugo Sandoval nació en la alegría desbordada del Carnaval de Barranquilla, en Colombia, y quizás, de manera más precisa, en las tentaciones de la adolescencia en su barriada, cuando inicialmente solo, y después con sus amigos de siempre, se dieron a la tarea de promover las verbenas “el baile del carnaval”, que es como se denomina a las fiestas públicas o preludios carnestoléndicos que se van agitando felizmente en los sectores populares de la ciudad  movidos por derroches de imaginación.

Pintaba en materiales de vinilos, los amansalocos, las camisetas de las comparsas que se armaban aledaño, y con el pasar del tiempo terminó decorando, creando y dirigiendo los grandes motivos que animaban cada carnaval, ya no en su barrio, si no en los escenarios mayúsculos de la metrópoli tropical dispuestos para los grandes eventos sociales y culturales de la celebración.

Con sus impulsos juveniles era inatajable la euforia y compenetración con ese halo seductor de la fiesta que nació en las postrimerías del siglo XIX como un ademán burlesco del discurrir local, pero que desde sus comienzos incorporó fuertes elementos culturales de las tradiciones religiosas europeas y el paganismo africano.

Aunque se sintió a gusto en el colorido mundillo del carnaval y fue en cierto modo  parte de los quehaceres de su vida también estuvo atento a su formación personal, porque exploró a la par estudios superiores de arquitectura, se graduó en dibujo mecánico industrial y dibujo arquitectónico, y más adelante, en el aterrizaje primero de sus arraigos en los Estados Unidos, se especializó en  diseño gráfico y dibujo publicitario.

En su país tuvo acercamientos con el  panorama pictórico latinoamericano que ofrecía la década de los ochentas, y que en el caso colombiano,  descolló con nombres propios surgidos de aquellas provincias enraizadas en los prodigios de la naturaleza Caribe.

En ese periplo comenzó a descifrar las claves de su auténtica vocación de artista. Se acercó a la obra del maestro Alejandro Obregón con minuciosa curiosidad por el vuelo de los colores y lo cautivó el realismo desnudo y perfecto en la obra de Darío Morales. En lo universal indagó los secretos indigenistas de los murales de Diego Rivera y se detuvo en los dolores de Frida Khalo, y de manera constante estudiaba las evoluciones productivas  del abstraccionismo  insurgente de Wassily Kandinsky.

Años después, en una tarde de otoño, sentado en el escritorio de una factoría en Estados Unidos donde supervisaba procesos de impresión sobre cartón, observó a una operaria que hilvanaba en silencio sus oficios. “Voy a soltar la mano”, se dijo, y de manera espontánea perfiló su humanidad distraída. La noticia de que era artista se esparció como pólvora y buena parte de los operarios comenzaron a hacer sus encargos. La sorpresa mayor provino del gerente general de la compañía, quien reclamó para sí el derecho a participar en aquella feria privada de solicitudes. Y acordó la negociación de una pintura  que hasta hoy conserva el memorable ejecutivo en el centro de su oficina, y que goza de un gran valor espiritual, porque al paso de los días  lo llamaría a decirle con timbre solemne: “Tú pintura me habla”.

Recordó de inmediato la confesión misteriosa de su madre, quien meses antes de su alumbramiento, le oyó hablar entre el vientre como si balbuceara sonidos provenientes de lenguas remotas. “Me hablaste en la barriga”, le decía cada vez que se le ocurría en el trascurso de sus años de mozalbete. Y supo que asustada por el suceso, intentó auscultar entre agoreros de milagros y viejos intérpretes de secretos de parterías, los misterios de aquella extraña comunicación, hasta que alguien espetó como si nada, que las habladurías del niño sin nacer anunciaban su destino: “va a ser conocido”.

La súbita aparición del recuerdo en la memoria ante la declaración de quien sería su primer coleccionista privado fue el augurio definitivo de su vocación. Entendió que se trataba de una sincronización entre el universo y su búsqueda. Pintar es hablar y su forma de comunicarse, ser conocido, era sin vacilaciones el lenguaje pictórico que venía intentando elaborar desde aquellos días de barriada en su popular Barranquilla, cuando  los muchachos eran hijos de los vecinos y el barrio era una sola familia. Le sobrevino entonces la devoción irrenunciable y sagrada de pintar como destino, que le proporciona su única ambición: el placer de hablar desde la emoción de sus creaciones.

En el principio de sus divagaciones estuvo atrapado por esos mandatos experimentales  donde imperaban los ademanes decorativos. Fue una etapa circunstancial que en todo casó alentó su nacimiento como artista alrededor de las celebraciones carnestoléndicas en su ciudad natal, lo inmiscuyó apasionadamente en las fantasías cromáticas de sus personajes y le abrió las puertas del entendimiento estético hacia una aventura infinita.

Su evolución pictórica evidencia un cierto mimetismo emparentado con legados de civilizaciones ancestrales y las teorías novedosas cada vez más explícitas de la conexidad del hombre y el universo cósmico. Es como si los entornos que va construyendo en cada espacio de tela estuviera presidido por el zumbido de informaciones crípticas y acertijos que concitan a una lúdica develación.

Pero lo que propone son criaturas animadas por la influencia profusa del color sobre figuras o planos que se vuelven emotivos con la lectura de tonalidades y símbolos. A distancia, la coloratura pareciera dispuesta a confirmar su arraigo Caribe, sobre todo por la calidez de los tonos, pero en el desdoblamiento visual, los rostros lucidos de aderezos, las lunas y soles, o la composición antojadiza de paisajes naturales y siluetas planetarias, acentuadas con arabescos simples en relieves o texturas que rompen la armadura iconográfica en cualquier lugar del espacio,  son de algún modo, la adaptación sinuosa de mensajes extraviados en las leyendas de viejos sabios, en los secretos de los dioses que guiaron los misterios de las civilizaciones indígenas y en las mitologías que viajaron encadenadas a la exclavitud hacia los nuevos mundos.

Aquí la inspiración conceptual juega de manera no premeditada al empoderamiento de una justificación teórica, tan codiciada por los esquemas de la crítica como principio de valoración estética. La intención del artista, sin embargo, es seguramente distante de esas preocupaciones, porque en realidad lo embelesa el impulso abstracto originado en las observaciones que le interesa escudriñar: el lenguaje de los antepasados en fuerzas de colores propias y formas generalmente abstractas, matizadas de sencilleces simbólicas, dispuestas para  expresarse sin interferencias.

Habría que preguntarse si este proceso original en el que el pintor bucea con libertad  plena en los mares profundos de sus reflexiones filosóficas, pudiera considerarse un acto de creación desde la realidad con un impulso abstracto, otra meditación crítica en los anales de la pintura clásica y contemporánea, o corresponde a una etapa evolutiva de ascenso en que los alcances de la propuesta aún no bordean el sofisticado espectro de la justificación teórica de la obra.

Abastracto-figurativo o simplemente abstracto, su privilegio mayor consiste en dotar de propiedades emocionales a los elementos que convoca en su acción creativa, de la que son portadores cada tono y color. Si bien de manera deliberada regodea algunos desarrollos con recursos de escuela como el cubismo o el primitivismo, la sugerencia no ambiciona más allá de la comprobación de su conocimiento, así como la necesidad de evidenciar la experiencia, porque el conjunto de su obra apunta hacia la definición de un proceso artísticamente abigarrado que ofrece mezclas de colores y formas, algunas de ellas sin aparente armonía.

Su acumulado pictórico caracteriza tres grandes seriados de obras auspiciadas por la abstracción figurativista: series música, indigenista y universo, y en cada una de ellas  sobresale el acrílico como materia prima con una que otra incursión en la técnica mixta del óleo-acrílico. El empleo de relieves es un referente común asociado a la cromática, especialmente en los acentamientos trianguales y las pequeñas espirales, que fungen como objetos testigos.

Hay siluetas de compositores anónimos, guitarras rojas, pianos, melodías en la atmósfera, y rojos, naranjas y púrpuras que se adhieren al ambiente retratando el sonido. Hay música que se dirige al cielo. Pero lo explosivo asume el énfasis en las composiciones de alto relieve.

Armaduras y tallados, escrituras y jeroglíficos, máscaras, aderezos y marfiles, que son parientes del Africa y de la América de los mayas, aztecas o incas. Montañas y lunas verdes, tonalidades marrones que se diluyen de oscuras a claras con amarillos y cremas, y que van circulando en la paradoja de un espacio cuadrado o rectángular donde se posa la obra.

Bastones de profetas y caciques delegados de los dioses, medias lunas de la tierra oscura y ocre, secuencias de platillos voladores anaranjados, parcelas alegóricas,  cascabeles, arabescos, planetas venidos a la reinvención de la tierra, mensajes cifrados que se extienden puentes, símbolos que son palabras, colores y más colores con emociones de primera vista.

Síntesis apretada de su arte que viene a confirmar los balbuceos premonitorios en el vientre de su madre, y que alguien sentenció de cualquier manera: “va a ser conocido”.

 

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