Óscar o los devaneos con la virtud de la ignorancia

Miguel Falquez-Certain

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Todos los postulados a mejor actor de reparto son magníficos contendores. J.K. Simmons, de larga trayectoria pero a quien noté por primera vez en su memorable papel de cabeza rapada neonazi en la serie de HBO Oz (1997-2003), logra crear un personaje sádico y detestable, coherente consigo mismo, ejerciendo aquel desdichado aforismo de “letra con sangre entra”. Mark Ruffalo, en el papel de hermano mayor, paciente y protector, muestra su amplio registro actoral forjando un personaje sólido y sutil, lleno de matices, en un mar de confusión y contradicciones. No hay papel que Edward Norton no ejecute con elegancia y sabiduría, incluso en películas tan deslucidas y tontas como Moonrise Kingdom y The Grand Budapest Hotel o como en el caso de su postulación en Birdman or (The Unexpected Virtue of Ignorance), en la que su exuberante, desquiciada y frenética actuación justifica las dos horas de grandilocuente tedio. Ethan Hawke, por su parte, es un actor que conoce a fondo los gajes de su oficio y que ha enriquecido a lo largo de su carrera desde sus años de adolescente en Dead Poets Society (1989). En Boyhood, de hecho le vemos envejecer y representar los altibajos de una vida común y corriente con sabiduría y convicción. Finalmente, Robert Duvall, con una carrera que abarca más de cinco decenios, comenzando en 1962 con la ya clásica To Kill a Mockingbird, logrando notoriedad en las películas de Coppola, a sus 83 años alcanza el pináculo de su carrera con una actuación magistral personificando a un juez en una relación tortuosa y atrabiliaria con uno de sus hijos. Cada exclamación, rabieta, ataque furibundo, llanto, desequilibrio emocional, mezquindad y toda la gama de emociones humanas concentradas en la vida de un viudo reciente, desahuciado, vulnerable e irascible ante su propia impotencia cobran vida en una actuación memorable. Si sus colegas no le dan la estatuilla, sería una injusticia. En ese caso lo más probable es que Norton se la arrebate, con razón o sin ella.

Entre los guiones originales, la contienda se da entre Boyhood y Nightcrawler. La primera fue filmada siguiendo la práctica del documental, de modo que los primeros borradores de las diversas etapas de la película, si es que existieron, debieron de cambiar con el paso del tiempo y con la ejecución del proyecto a lo largo de los años de rodaje. De modo que pienso que el guión final es un texto ex post facto, ajustado a lo que en última instancia vemos en la pantalla. De cualquier manera, es una hazaña brillante que más tiene que ver con la sala de montaje que con el texto original mismo. En cuanto a la segunda, pienso que es el más original de los cinco guiones postulados, además de ser un texto agudo, corrosivo, mordaz y despiadado dejando al desnudo ciertos aspectos de los programas de noticias de la televisión corporativa, que son más farándula, desinformación, propaganda e iniquidad en un mundo obsceno y abyecto. Supongo que Foxcatcher tuvo que enfrentar la censura de la familia Du Pont, porque de otra forma esa vida taciturna y solitaria del personaje principal no tiene sentido porque le hacen falta uno o varios elementos clave para su comprensión. Es un guión que se tiene que leer entre líneas e imaginarse o especular los móviles de esa historia tan patética. El millonario era soltero, no había mujeres en su vida, estaba siempre rodeado de hombres jóvenes atletas, atractivos y musculosos, les mantenía aislados en sus propiedades, se emborrachaba con ellos y les pagaba por vivir con él sin contacto con el mundo exterior. Las únicas mujeres en su vida son su madre dominante a la que le tiene pavor (en su breve aparición, Vanessa Redgrave es implacable) y la esposa del entrenador y cuñada del objeto del deseo del magnate. Al final, en un ataque de celos, Du Pont asesina al entrenador por haber logrado apartar a su hermano de sus garras. Es un guión decente pero que automáticamente se descalifica a sí mismo por su total falta de sinceridad. De Birdman sólo diré que “muchos gatos en un plato hacen muchos garabatos”. Si González Iñárritu adolecía en sus primeras películas de un buen guionista y en Babel había logrado cierto equilibrio, en ésta todo se vuelve un arroz con mango y no le ayuda que quiera utilizar a Raymond Carver para darle legitimidad a una historieta de muñequitos. Y con el guión de The Grand Budapest Hotel sucede otro tanto pues en esta “comedia endiablada y loca” Wes Anderson “se roba” ideas y tramas de Stefan Zweig para crear situaciones y personajes en un “homenaje” al autor austríaco que precisamente se suicidó por la desesperanza que le causaba el futuro panorama de Europa y su cultura ante la expansión de Hitler. Que Anderson juegue con sus ideas es su privilegio; el mío es bostezar ante tanto exabrupto. Sé que González Iñárritu y Anderson se han convertido en los “bien amados” de la novísima intelectualidad. Con su pan se los coman. Originales son, pero es mejor que no lo fueran.

De los postulados a mejor actor pienso que los mejores son Benedict Cumberbatch (The Imitation Game) y Eddie Redmayne (The Theory of Everything), aunque en esta categoría deberían estar David Oyelowo (Selma) y Jake Gyllenhaal (Nightcrawler) en vez del patético Michael Keaton o del insulso Steve Carell. De Bradley Cooper sólo diré que debería escoger mejor sus películas y que ese talento tendrá muchas ocasiones en el futuro en los que podrá deslumbrar. Cada día es más obvio que el cine y la televisión de los Estados Unidos han mejorado por la nueva “invasión” británica y por la llegada de las jóvenes oleadas de actores australianos. Cumberbatch, Redmayne y Oyelowo son ingleses. Cumberbatch brilla por su actuación sutil y ecuánime; Redmayne por su transformación absoluta en ese ser maravilloso que es Stephen Hawking. Supongo que le darán el Óscar a Redmayne, pero cualquiera de los dos se lo merece.

En cuanto a las mejores actrices de reparto, Patricia Arquette (Boyhood), Keira Knightley (The Imitation Game) y Emma Stone (Birdman) son las rivales más sólidas, aunque la Arquette tiene el arco de toda una película para demostrar sus capacidades histriónicas (su mejor actuación hasta el momento) que Knightley y Stone, aunque no por eso dejan de lucirse por su elegancia, la primera, y por su sinceridad y vulnerabilidad, la segunda.

Existe una tendencia en las adaptaciones de otros medios al cine de utilizar esa anticinematográfica voz en off de un narrador exasperante y tedioso a lo largo de la película. Al parecer nunca leyeron los consejos de Eisenstein de regresar al momento creativo del autor original y partir de cero en el nuevo medio. Cuando no hay buena dramaturgia y para rematar el préstamo al original (novela, cuento o pieza de teatro, etc.) es evidente, el resultado es desastroso. No hay que ir más lejos que ver Inherent Vice (con el lenguaje pseudo barroco de Pynchon en la banda de sonido que pareciera un mal chiste pasado de moda) o la narración en otras películas que han sido postuladas este año. En el caso de mejor adaptación pienso que, nuevamente, el enfrentamiento se da entre The Imitation Game y The Theory of Everything. American Sniper y Whiplash cargan el mismo lastre que anoté arriba en este párrafo. Inherent Vice es un bostezo interminable.

De las postuladas a mejor actriz no diré nada porque sólo he visto a Felicity Jones (The Theory of Everything) y Rosamund Pike (Gone Girl). Ambas con actuaciones decentes, pero nada del otro mundo. Debido a sus trayectorias, Marion Cotillard, Julianne Moore y Reese Witherspoon tendrán que peleársela. Que gane la mejor.

De los cinco directores postulados, sólo Richard Linklater (Boyhood) y Morten Tyldum (The Imitation Game) merecerían considerarse. Probablemente gane González Iñárritu por aquello de sus fanáticos (esa voz en off, esa batería exasperante, esa actuación de pacotilla de Michael Keaton, esas pretensiones filosóficas indigestas) o, en el mejor de los casos (por lo inofensivo), Wes Anderson (The Grand Budapest Hotel) (¿no hubiera sido mejor postular a Ralph Fiennes o a Tony Revolori en lugar de Keaton?). Yo preferiría que premiaran a Linklater por esa callada, laboriosa, sutil y elegante obra que es Boyhood.

Como ahora se ha convertido en tradición postular a ocho películas en vez de cinco como ha sido la costumbre de tantos años, la selección se vuelve más compleja y difícil. Creo que ya he dicho lo suficiente sobre mi antipatía por Birdman y The Grand Budapest Hotel y mi simpatía por Boyhood, The Imitation Game y The Theory of Everything. De Make-my-Day Eastwood y su carrera irregular como director, aunque siempre con dramas de excelente factura, no hay que olvidar lo que es American Sniper: la glorificación de la guerra y la construcción del “héroe”. No se le ven las costuras de la propaganda, como en las series de televisión contemporáneas donde la ideología se inculca con disciplina maniquea, pero no obstante no deja de transmitir una visión neofascista del mundo. Pero aparte de eso, y a pesar de que uno no esté de acuerdo con la presunción de heroicidad, la división entre los buenos y los malos de la película es tan patética como, en el mejor de los casos, en las películas de indios y vaqueros de Ford o, en el peor de ellos, en las de propaganda antinazi de los años cuarenta y antisoviética de la guerra fría. Es de admirar que Eastwood todavía dirija buenos filmes a los 84 años de edad. Tiene todo el derecho a hacerlo y por eso son más peligrosos. ¿De joven y bello actor de Spaghetti Westerns a heredero de Sam Fuller? Es un manto que estoy seguro se siente orgulloso de lucir. Por su lado Selma, con la magnífica actuación de un inglés en el papel de Martin Luther King, Jr. (MLK) como lo anoté anteriormente, se concentra en los sucesos de la lucha por los derechos civiles en esa población sureña. Dirigida por una mujer (Ava DuVernay) a quien no postularon, la película intenta hacer un recuento convincente de aquellos días violentos de la segregación racial en los Estados Unidos y obtiene resultados dramáticos excelentes, particularmente en la relación tortuosa entre el presidente Johnson y MLK y el horrendo racismo difundido en todas los estratos de la sociedad estadounidense, con valientes excepciones.

Finalmente, Whiplash es fundamentalmente el retrato despiadado de una relación enferma entre un alumno que quiere complacer y un maestro que quiere enseñar destruyendo cualquier vestigio de emoción que encuentre a su paso. (Sería interesante comparar el uso de la batería con derroteros definidos en Whiplash con la fastidiosa improvisación de un “poema sinfónico” que no va a ninguna parte de Birdman). Pienso que The Theory of Everything debería llevarse el Óscar, aunque The Imitation Game, Boyhood, Selma y Whiplash son firmes contrincantes.

Y que esta noche no defraude.

Nueva York, 22 de febrero de 2015
© 2015 Miguel Falquez-Certain

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