Primer encuentro con la nieve

Para usted que me lee, algo de lo que le describa le va a parecer inverosímil, bizarro o tal vez ni le importe; después de todo, a mí también me va a importar eso… si, eso que se le despegó de la superficie más hendida del pijama, empujado por el rechazo del colchón de su cama, y en esta mañana cuando desde ese mismo rincón, seguía acurrucado entre edredones tibios, y tuvo que eliminar el pestañeo ante esa necesidad de evacuar parte de lo bebido y que lo obligó a ir al baño, y en el trayecto se dio cuenta que todo eso que fue su ambiente conocido ya no era el mismo.
No señor, ni se crea.  Usted no se llama Gregorio.  No se ha convertido en un insecto.  Tampoco tampoco soy ese Frank, ni más faltaba, ni siquiera pretendo imitarlo, pero usted posee su nombre, y todavía no sé con cuantos apellidos intactos, y a pesar de que le dijeron que iba haber una tormenta, se imaginó que durante la noche, los truenos y relámpagos no lo irían a dejar dormir.
Y mucho tiempo después de que se hubo tomado la última media botella de lo que se bebió, temeroso de tener que dormir solo otra vez, -en medio de una tormenta-, recordó que esta vez le habían dicho en los noticieros tantas cosas que hasta le pareció insoportable ese verborreo con tantas  advertencias, y dicho en ése otro idioma que no es el suyo, pero que de todas formas lo entendió, y muy bien, y le hizo pensar en que desde ayer, y de alguna forma sutil, también aprendió en carne propia a distinguir eso que han dado en llamar “hielo negro”, ese mismo que le hizo aterrizar de espaldas, en un muy suave desliz, incluido una muy mediocre pirueta de aprendiz de patinaje, convertida ya en una muy infeliz despatarrada, y en medio de las risas de otros viandantes o peatones, -gente del montón al fin y al cabo-, que viven en permanente tránsito, de día y de noche si importarles el frío que se sufra o disfrute por estas amplias avenidas de un Nuyork en invierno.
Aprendió  lo que le decían, y le insistían, y que a pesar de cierto calorcito apenas medio sentido, o medio combinado con cambios suceptibles de la temperatura, muy tan comunes antes de una nevada, sí señor, esos charquitos imperceptibles y que le parecían orines, de perro en la aceras, eran tan peligrosos como un tiro en un oído, una suegra con bigote, una aguja en un sancocho, o cualquier otra barrunta burrada; pero y como no hizo caso, pues los vio como eso que tenía acostumbrado a ver, y los pisó, y cataplúm, se fue de nalgas, y el morado que ahora tiene donde termina el innombrable nombre de la última vertebra, fue una prevención muy directa a pesar de lo prevenido que siempre ha sido, pues sabido es que no se deja descrestar, y por eso, por quesadillón de entrepiernas, (para los que no censuran palabras, léase eso: güevón), y aquí pagó con su primera caída en esos charcos que parecen espejos falsos, y que dejan pasar o traslucir la superficie negra del asfalto, y por eso le dicen así: dizque “hielo negro”, -¿aprendió?-.
Ahora esa extraña luz blanca de más de tres mil seiscientos grados Kelvin que se le mete, o se le cuela a través del hueco de la ventana, y le transparenta todos los detalles de sus cortinas como si estuvieran recién lavadas, o como si lo estuvieran filmando, para quien sabe que, serie de televisión, y que casi ni reflejan esas sombras secas y duras que sufrimos los fotógrafos, rellenándolas con el rebote de otras luces artificiales para seguir aplanando los volúmenes, cuando usamos nuestras cámaras por allá en los trópicos, y es nada menos, que si se anima y ahora mismo se asoma al borde de la ventana, va a ver que toda es mierda blanca que ni se imaginaba iba a cubrir todo los espacios de allá afuera, pues serían o le parecerían como una inimaginable cantidad de inmensos camionaos todos desparramaos de esa cosa blanca que parece arena menuda esparcida por el orbe, y que al caer fue tomando la forma o perfil de la superficie donde ahora descansa tanta escarcha reunida…, y eso: ¡coñooó, miermano!, no es nada menos que su primer encuentro con la nieve.
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Renandario Arango
– Fotógrafo de profesión. Autoexilado por más de tres décadas. Sobrevive, mora o habita en Manhattan. Nace en Barranquilla bajo el signo de Acuario. Tiene exposiciones que cubre USA, Puerto Rico, Cuba, Uruguay, Francia, Venezuela y Colombia. Es columnista de redacción.com

 

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