[dropcap style=”font-size: 60px; color: #9b9b9b;”] E[/dropcap]n noviembre del 2001, cuando aún no nos despertábamos de la estruendosa caída de las Torres Gemelas, el vuelo 587 de American Airlines rumbo a República Dominicana se vino a tierra, aumentando la incertidumbre que nos agobiaba en Nueva York.La explosión del avión, minutos después de haber despegado del aeropuerto JFKennedy sembró muchas más dudas.

La catástrofe aérea develó ante mi la inmensa ternura de mi entonces compañero de trabajo, el periodista Reginaldo Atanay, quién en medio de los gritos de los deudos, el infierno de los edificios en llamas por el impacto de los restos del fuselaje del avión, a Atanay se le ocurrió escribir sobre las niñas que volaban en el 587 acompañadas de sus muñecas.

Atanay había viajado tantas veces a su patria dominicana, sabía de primera mano la adoración de las pequeñitas a sus muñecas y como compartían el espacio de sus sillas con sus compañeras de vuelo.Pensando en ellas escribió Atanay su columna, publicada en el diario/LaPrensa, fue el aliciente para mostrar el rostro tierno de una tragedia, fue el veterano periodista quien pudo ver más allá de los hierros retorcidos y ofreció a sus lectores una visión fresca de como nos preparamos para un viaje, especialmente cuando regresamos en temporada de vacaciones de fin de año a nuestro país de origen.Con las niñas murieron también las muñecas que viajaban rumbo a Republica Dominicana ese doce de noviembre. Hoy, casi once años más tarde, ante la muerte de Atanay, a causa de un paro cardíaco, me pregunto quién acompaña al veterano periodista en su viaje eterno.

Paz en su tumba.