Gabriel Panagiosoulis  

El  trabajo en la cocina de restaurante en el bajo Manhattan era el comienzo de su opresión, el freno a sus aspiraciones académicas, el estancamiento de su ser en todos los niveles.

Maki  no tenía otra alternativa, el trabajo muy duro, muy fuerte,  le consumía todas sus fuerzas.  Transformaba  su  personalidad en un ser inmaduro, sin iniciativa para luchar.

Maki  un chico de 17 años, delgadito, de apariencia enfermiza y muy frágil,  lavaba  platos y vasos, barría el piso, pelaba papas, zanahorias, hacia puré de papas, cortaba las cajas de madera para llevarlas a la sala de basura.  Sus manos cubiertas de barros y espinillas, por el jabón tan fuerte que le producían una tremenda alergia, que le quemaba la piel.

La  soledad lo desesperaba, le comprimía el pecho, como si llevara todo el peso de estatus norteamericano en sus espaldas.

En su trabajo diario Maki tenía que recoger del mostrador las bandejas llenas de platos sucios, llenos de grasa y residuos de comida. También traía los vasos limpios para ser colocados en el área del bar, donde se reunían los clientes a tomar cerveza, especialmente aquellos de  la raza  blanca-de mejillas rojizas y pelo rubio quienes miraban a Maki con curiosidad y al verlo murmuraban entre sí.

Un día uno de ellos le agarró la mano y le dijo.

            -¿No tienes miedo que avise a la Migra?

Su compañero intervino y le dijo:

            -No lo molestes, abrió su billetera y le tiró  al piso una moneda de 0.25 centavos.

– Toma para que nos laves bien los vasos.-

La moneda rodó hacia el piso detrás del mostrador.

Maki le dio una patada y la pisó con sus enlodados zapatos.

-¿Si no hablas inglés para que vienes aquí?-  Le dijo el mismo cliente.

Este diálogo se lo explicó el cocinero que los estaba observando desde la ventanilla de la cocina.

Ana, la mesera, una muchacha con raíces italianas intervino y dijo a los clientes:

            -Ya paren de molestar.

De inmediato  Ana recogió  la moneda del piso, llamó a Maki en la cocina, le dio la moneda y le dijo:

            – No les prestes atención, son irlandeses que creen que este país les pertenece, lo mismo hacen con todos los que no hablan inglés.

Maki agarró la moneda,  la limpió del lodo, y se puso a observarla, de un lado tenía un  águila, y del otro lado la figura de una cabeza de un presidente norteamericano y las palabras. Libertad – en  Dios confiamos. Entró  en la cocina, lloró y pensó que para él no existía Dios. .

 La voz del dueño de restaurante lo despertó de sus pensamientos.

– Maki apúrate, tienes que mapear el piso, el tiempo vuela. 

Los clientes en las mesas de los manteles blancos parecían alegres, conversaban sin impórtales  lo más mínimo la presencia del trabajador humilde. Para ellos Maki era como un fantasma, un ser inexistente.

Maki sentía que no pertenecía a la raza humana, era como una mosca, de aquellas que caen en la trampa atraídas por la luz de los bombillos de una noche oscura sin Dios y sin esperanza.

 Dios mío, murmuró Maki, ayúdame.

Nueva York – 2014

Gabriel Panagiosoulis

Gabriel Panagiosoulis

Gabriel Panagiosoulis- Escritor griego que escribe textos cortos en español y en inglés. Ha publicado varios libros en su lengua natal: griego. Ha recibido varios premios literarios en Grecia. Nació en Pylaro, Cefalonia, Grecia. A la edad de 16 años emigró de su pueblo navegando como marinero buscando el sueño americano. Actualmente vive en El Bronx NY y escribe relatos y cuentos cortos en español, lengua que aprendió gracias a sus viajes por el mundo hispánico.

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