Por Jacqueline Donado

El artista plástico Silvio de la Cruz mantiene su estudio en el mismo edificio al que llegó hace más de 26 años, en busca de un refugio para sumergirse en el mundo del arte y la cultura de Nueva York.

El inicio de Silvio de la Cruz en el Clemente Soto Vélez no fue tan glamoroso como lo es ahora. Antes era un edificio abandonado, en el corazón del Lower East Side de Manhattan, una zona llena de desamparados, adictos, familias muy pobres y muchos, pero muchos edificios quemados y clausurados por la ciudad o sus dueños.

Allí se inició el movimiento de los Okupas, allí se empezaron a concretar los sueños de miles de artistas, buscando espacios para vivir y crear en Nueva York. “Era una zona de guerra” recuerda Silvio de la Cruz, quien ahora trabaja en un espacioso estudio, en donde predomina un ventanal de casi cuatro metros de alto por diez metros de ancho, permitiendo que un torrente de luz penetre el amplio salón.

Podríamos creer que la luz de Nueva York domina la obra de Silvio de la Cruz, quien se mudó a la gran ciudad en el invierno de 1985.

“A veces recuerdo los días de niño, en el barrio Los Laureles de Medellín, en donde era amigo de todas las galladas del sector, nunca me quedé en mi cuadra, siempre jugaba con todos, creo que desde entonces marqué mi destino, quería salir del mismo círculo”. “Es que hay personas que nacen para salir y otras para quedarse” manifiesta el artista plástico, que  meticulosamente muestra sus cuadros, cajas decoradas y esculturas.

Diariamente empieza su jornada a las nueve de la mañana; “es una cita intima para realizarme pintando”, dice el creador de figuras alargadas, que pinta sombras, colores y texturas parecidas al metal corroído y a las paredes antiguas deterioradas por la humedad y la oscuridad.

El Clemente Soto Vélez es una majestuosa edificación, erigida a finales del siglo XVIII, en la calle Suffolk en el Lower East Side de Manhattan, y ha pasado por de una serie de transformaciones bajo diferentes administraciones en los últimos 30 años, actualmente funciona bajo la gerencia de Jan Hanvik.

Empezó como una escuela pública adscrita a la ciudad de Nueva York y con el paso de los años se ha transformado en un vibrante centro cultural con teatro, galería de arte, salón de danzas y un centenar de estudios asignados exclusivamente para artistas plásticos.

Antes de instalarse en Nueva York, Silvio de la Cruz estuvo en Venezuela, país en donde vivió por siete años a finales de 1975. “Traía una experiencia muy amplia en el paisajismo, en la Venezuela de esa época esa era la técnica que predominaba y yo, siendo un artista muy joven, en busca del sustento diario, me dediqué a pintar paisajes”.

Recuerda Silvio de la Cruz, que en Venezuela compartía una habitación con otros artistas y sus obras eran vendidas por un mercader colombiano que iba de plaza en plaza con los cuadros, que vendía a crédito semanal.

Cuando llegó a Nueva York su percepción por el arte cambió radicalmente, “es que esta ciudad nos cambia a todos” dice Silvio de la Cruz, quien le debe a uno de sus treinta y dos tíos el haber convencido a su madre Ligia, para que le diera el permiso de viajar, alzar vuelo sin resentimientos “con la bendición de todos”.

Las imágenes de Silvio de la Cruz son muy características, son figuras alargadas que se destacan sobre fondos parecidos a las capas de pintura que tuvo que resanar de las paredes del Clemente Soto Vélez, cuando era el hombre de confianza para mantener alejados a los vagabundos que merodeaban el área.

En la década de los ochenta el centro cultural fue la sede de Solidaridad Humana, una organización impulsada por el sociólogo Luis Rodríguez Abad y en la cual también colaboraban Nelson Tamayo, Mateo Gómez y Nelson Landreu, un grupo que compartía su pasión por el teatro en El Rincón Taino, muy cerca del famoso club Palladium en la calle 14 de Nueva York.

‘El edificio estaba destrozado, el techo, el sótano, las paredes, en terrible estado, pero el 1987 nos dieron la oportunidad a mí y a mi hermano Horacio Molina, para trabajar y vivir aquí y por eso nos quedamos’ dice Silvio de la Cruz.

Los recuerdos saltan en la memoria de Silvio de la Cruz, el creador de imágenes, de esculturas, y de cajas decoradas, “sabes, en el 87 éramos los guardianes del edificio, pero nos llamaban ‘artistas en residencia’, abría las puertas, vendía café y donuts y pensaba el día entero pesando en que momento iba a pintar”.

Mientras atendía la cafetería y cuidaba el edificio, Silvio de la Cruz imaginaba sus nuevas creaciones y así fue cambiando la temática, de las figuras alargadas aparece su ‘etapa blanca’, en donde desborda toda la pasión que le despierta ver los solares, patios y edificios aledaños destruidos cubiertos de nieve. ‘Esas texturas son inéditas, esa parte de mi trabajo está muy bien guardado” casi que congelado en el tiempo, como en esos gélidos inviernos, en donde soñaba con mudarse a Puerto Rico.

Más que la nieve, hubo otros elementos urbanos que le sirvieron de inspiración al artista plástico, “tanta gente rara viajando en el subway, nunca había visto tanto hindúes, chinos, blancos, y negros juntos, me impactaron a tal punto que empecé a sonar con los aborígenes americanos, a quienes solo conocía por las fotografías en National Geographic, el cine y la televisión”.

De los aborígenes americanos fue recobrando su conexión con las razas de América Latina e incorporó los colores de la tierra, el agua y las texturas que da el óxido de los metales.

Silvio de la Cruz nos abre su estudio, en su conversación que a veces se convierte en un monólogo, donde flotan sus temores y esperanzas, la importancia de la familia en su vida, de la gnosis, de su amada Michelle, de sus amigos Okupas, de la vida en Nueva York.

Conversa apoyado en su escritorio de un blanco y una limpieza extrema, en una esquina del rectangular mueble reposan dos limones amarillos, el único componente de color en ese rincón en donde Silvio de la Cruz nos cuenta sobre la importancia del instante, en su carrera y su obra.

Su estudio es la compilación de cuarenta años de trabajo, a la entrada sobre una mesa cubierta con telas negras está expuesta, en una fila perfecta, su obra más reciente, cajas de maderas, en diferentes tamaños y formas, con superficies en donde se destaca la textura metálica lograda por el dominio de la técnica, de trazos delicados, mezcla de colores desbordadas en los cuerpos de guitarra abiertos de par en par, repisas que alguna vez decoraron una sala o una biblioteca.

Y detrás de las cajas, y algunas pinturas, escondidas al ojo del visitante una faceta desconocida del artista, joyas trabajadas artesanalmente, con piedras semipreciosas y esculturas miniaturas realizadas por el artista en su tiempo de ocio. “Aun no las quiero mostrar, continuo trabajándolas hasta que un día, salgan a la luz pública”.

Así es la entrada al mundo creativo de Silvio de la Cruz, en un cuarto piso en lo que fuera un colegio público, con amplios corredores y escaleras, con techos altísimos, barandas metálicas laboriosamente labradas por artesanos, teatros y galerías de arte constantemente ocupadas por los artistas de Nueva York.

“Estas paredes, las trabajamos mi hermano Horacio y yo” cuenta Silvio de la Cruz al pasar por la galería principal del centro artístico al que le unen miles de recuerdos, noches de intenso frio, desolación y un sentimiento de abandono, cuando era un celoso guardián del lugar.

La obra de Silvio de la Cruz acumulada en su estudio, esparcida en galerías, colecciones privadas, reproducciones y en exposición permanente en el centro Clemente Soto Vélez en Manhattan, es el reflejo de la dedicación y la persistencia del hombre que nació para vivir por el arte.

 

La magia del instante