Hay ciudades que impactan a primera vista, te abren sus brazos acariciándote delicadamente, embrujándote con el olor de su vegetación, las comidas cocinadas al aire libre y el ruido inconfundible de su música.

Ni que hablar del acento de sus gentes, de la gran comunidad que abre sus puertas cada mañana para recibir los primeros rayos de sol, tomar el café junto a las flores sembradas en macetas, en los pequeños balcones de las antiguas edificaciones en las avenidas más significativas de la poli.

Hay calles en las grandes ciudades que nos transportan a pequeños pueblos visitados en nuestra infancia, hay lugares que nos bañan de lagrimas al recordar épocas pasadas en donde jugábamos a la ronda y cantábamos…. Los pollos de mi cazuela….

Madrid es este tipo de ciudad, es el cosmos que alberga historias milenarias con sus nobles edificaciones. Veo a Madrid como la huella de nuestras culturas vistas a través de los ojos de la mamá. Aunque para algunos haya sido una mala madre, con personajes despiadados, su huella esta presente en las calles de Cartagena, Guatemala, Quito o Panamá.

Visitar Madrid es leer el mapa de la historia al revés. Es como hacer un viaje al pasado del cual no tenemos referencia alguna. ¿Se imaginan caminar a través del tiempo, recorrer las calles de esa ciudad que tenemos ante nuestros ojos y que solo podemos descubrir en diez horas?

Cuando iniciamos el recorrido nos vemos reflejados en las catedrales, en las plazas con sus fuentes refrescantes y en los arcos que adornan a Madrid y que de alguna manera nos acompañaron en nuestra infancia a miles de kilómetros de distancia.

¿Será que los arcos y plazas nacieron en Madrid para ser reproducidos en sus antiguos territorios? ¿Será que una visita a la gran ciudad vemos reflejados en un mapa antiguo, escondido en los baúles de los bisabuelos y fueron develándose en la medida en que caminamos por la avenida de Alcalá, la Plaza de España o la Puerta del Sol?

Esta ciudad, alejada del mar, bañada de una luz brillante, de aire fresco de un agosto veraniego cautiva a sus visitantes y de seguro los hace volver para saber más de aquellas historias que solo conocimos a través de los libros de historia cuando aprendíamos sobre la influencia de los poderosos navegantes y de aquellos que creían estar más cercanos a un creador omnipotente, que hablaba otra lengua.

Madrid 2012 ha superado las tinieblas del 3/11 y las estaciones del tren se vitalizan en las primeras horas de la mañana. Los madrileños despiertan y los turistas en vez de trenes utilizan los autobuses de doble piso para descubrir una ciudad que ha sido reproducida a pedacitos en el Nuevo Mundo, en las iglesias de altos campanarios y en las arenas de las tan criticadas corridas de toros.

Rodeadas de cabezas de toros disecadas almuerza la gente en algunos restaurantes, las paredes están decoradas con las gigantescas cabezas de toros. Las baldosas trabajadas artísticamente forman figuras de las faenas taurinas, haciendo alarde del suntuoso vestuario del torero y su escudería. En los comedores se siente el ambiente festivo de una tarde en la plaza taurina. Los coloridos murales son replicas de las corridas que tanta fama le han dado a España en el mundo. Bajo la sombra de la cabeza del animal, los comensales disfrutan de los camarones al ajillo, los panes horneados utilizando recetas antiquísimas y además la buena mesa española acompañada de un buen vino blanco o tinto y en agosto… el refrescante tinto de verano.
Madrid diez horas, fue una experiencia apasionante en donde se puede palpar que las calles y plazas de las ciudades en donde crecimos son un espejo del pasado.
Saludo a Madrid en sus diez horas y me reflejo en ella, conozco los sonidos de la gente, con ellos aprendí a decir mis primeras palabras, cultivo ese español que me envuelve y me da energías para escribir estas líneas y además para decir que en diez horas es imposible conocerte. Solo es el tiempo suficiente para saborear los días de la infancia en donde sólo se escuchaba y hablaba tu lengua. Llorábamos y amábamos con el sonido de tus plazas y alamedas… Madrid diez horas.

Madrid