Por Blanca Irene Arbeláez

Anoche, cuando me bajé del carro de mi amiga J. llegando a mi casa, sentí sobre mi espalda unas gotas gruesas de agua, abrí el paraguas aunque no hubiese sido necesario.
Entré en mi habitación y sentí más fuerte el sonido del agua contra los cristales de la ventanas y me dormí tranquila hasta el momento en que debía sonar la alarma para levantarme de nuevo. Extrañé sin embargo el gorjeo de los pájaros, que siempre, son los que me despiertan. Al mirar por entre las cortinas me di cuenta de que el aguacero no había dado tregua en toda la noche. Me preparé normalmente para salir a trabajar, levanté las mangas de mi pantalón hasta la rodilla para que no salpicara agua sucia y manchara mi uniforme. El único canto que escuché seguía siendo el del agua contra el suelo, los tejados y mi sombrilla, entonces me pregunté ¿hasta qué horas seguirá esta tormenta? …

Trabajé la jornada de las ocho horas. Al lugar del trabajo llegaba la gente con sombrillas chorreando agua por los pasillos y en el elevador… Agua por todos lados.
— ¿Todavía está lloviendo, enfermera? —me preguntó un paciente.
— Claro, anunciaron inundaciones, lo bueno es que no se siente frío… —Le contesté.
— ¿Y va a salir a comer afuera?
— No, traje algo que preparé ayer.

Me quedé pensando precisamente en que por más que llueva, siempre tenemos hambre, no nos importa el clima y salimos sea como sea, con plásticos, paraguas o lo que haya para buscar comida. Luego, de camino del trabajo hacia mi casa recordé que tenía que ir a comprar algo al supermercado. La lluvia no cesaba… pero todos los negocios, grandes y pequeños estaban abiertos.

La congestión del tránsito era igual, y en apariencia todo se mantenía funcionando normalmente…

Sin embargo, mientras las gotas continuaban azotando mi paraguas, volví a pensar en los pajaritos mañaneros…  ¿Qué habrán hecho para buscar su alimento en medio de la inclemencia del clima? Hoy no los había visto por parte alguna. Estuve mirando largo rato hasta que aproximadamente  las seis de la tarde paró de llover, por un lapso corto, tal vez media hora. Y entonces pude contemplarlos con alegría, apurados buscando su comida, volando de rama en rama y cantando.
Todavía está claro el día a esa hora, pues viene oscureciendo a eso de las ocho y media ahora que estamos a un paso del verano. Ese pequeño respiro apenas fue suficiente para que los pajarillos se aprovisionaran para la noche y posible madrugada con más agua.

Ahora es casi la media noche y la lluvia continúa, a mí me gusta cuando llueve, pero no todo el día…,ahora el agua ha entrado en mi habitación desconozco como se filtra el agua y comienza a humedecer mis pies..

[author] [author_image timthumb=’on’]https://fbcdn-sphotos-f-a.akamaihd.net/hphotos-ak-frc3/294954_408867895820180_53204278_n.jpg[/author_image] [author_info]Blanca Irene Arbeláez. Colombia. Radicada en New York. Autora de “El primer amor nunca se olvida”, “Cómo debemos morir” y Trisagio Mortis” (tres pasajes al mas allá), y un libro inédito “Las Carangas resucitadas” y 20 poemas[/author_info] [/author]