Sheila Candelario

“a medida que la realidad se crea […], su imagen

se refleja hacia atrás en un pasado

 indefinido; se encuentra así habiendo sido

desde siempre posible; pero es sólo en este

preciso instante en que comienza a haber sido”.

Le possible et le réel

H. Bergson

Pensé no había marcha atrás. Desde hacía años sospechaba que el tiempo era una farsa y desenmascararlo se convirtió en mi cruzada. La culpa se la echo a Borges, Einstein, Nietzsche, Paul deMan, Pierre Klossowski,Vattimo, Blanchot y otros que con elocuencia nutrieron mi delirio. Subía a los trenes para evidenciar su circularidad, para ver su recurrencia en el color del esmalte de uñas de mujeres que llevaban sandalias. Si hacía calor pensaba en su relación con la piel, lo deconstruía a conveniencia en mi cumpleaños, en la claustrofobia del invierno meditaba sobre su complicidad con el espacio y me preguntaba qué tenía que ver con el silencio.

Nunca imaginé esa fijación tendría mayor consecuencia que la eventualidad de la locura, hasta que un día dejé salir a mis alumnos una hora antes por haber leído en el reloj de pared el tiempo deseado. Me di cuenta al apagar la computadora en la oficina. En ese instante no sólo había comprobado sino experimentado la relatividad universal del tiempo inventado. Concluí, sin duda, y sobrecogida en vértigo, como lo habría estado en la dinastía Qin en China el que inventó la brújula, que el tiempo ahora me pertenecía.

Medité sobre las consecuencias de mi recién nacida condición suprahumana. Una vez estuviera al otro lado del portal viviría simultáneamente mi historia. Me parirían, aprendería a gatear y caminar, no necesariamente en ese orden. Me escucharía aceptar la propuesta de matrimonio de mi futuro ex–esposo. En el tren, un año atrás, me reiría de mi misma al saber que me estaba observando después de esta revelación. Sabía, también, que mis hijos iban a nacer y morir a un tiempo. Quizás, pensé, pueda manipular la rapidez en que la secuencia de estímulos sensoriales se convierten en imágenes, sonidos y olores. Podría ver en pausas, instante tras instante, la creación de la vida desde el pensamiento, o sea, la matrix misma de la creación del universo. En ese preciso momento comprendí que no poseía la madurez intelectual requerida para manejar con algún grado de compasión esta trascendente revelación.

Arriesgándome ser tildada antiborgeana o retrógrada por ustedes, decidí dar marcha atrás. Recordé uno de los postulados que más me había impactado, “el tiempo existe sólo para aquello que está detenido”. [ Por favor, no le escriban al editor de esta publicación pidiendo la referencia exacta, se me olvidó y no tengo tiempo para una excavación literaria. ] La clave de la regresión es la espera. Empecé a inventar situaciones que obligaran cronometrar: lavé y sequé ropa en máquinas de ciclos de una hora; hice galletas que requerían 12 minutos en el horno; al salir por leche estacioné el auto frente a un metro de cincuenta centavos por treinta minutos; conté los minutos que esperaba frente al semáforo en luz roja; en la peluquería, pedí me hicieran rolos para que me colocaran bajo el secador con temporizador. Así, poco a poco en un conteo abstracto, exacto y arbitrario me devolví a aquellos parámetros que creí había deshecho. Sabía que la vida y la muerte aún coexistirían simultáneamente, pero sólo en concepto.

Decepcionada, pero más tranquila, volví a lo inescapable de tener que llegar exactamente a las 8:30 a.m. al trabajo; dejar salir a mis estudiantes exactamente en dos horas; ir a la reunión de facultad todos los lunes exactamente a las 2 p.m.; regresar a casa exactamente a las 5:30 p.m. antes de la congestión de tráfico en la ruta 75. Aclaro, nunca he desistido de mis sospechas en cambio opté por degradar la búsqueda a una mera paja mental en vez de la tormentosa condena existencial a la que me había sometido por dos décadas. Esto me permitió eventualmente dejar el Zoloft, devolverle la máscara al reloj, y pretender que le creía.

Sheila_Candelaria_foto, Sheila Candelario

Sheila Candelario

Sheila Candelario nace en Puerto Rico y es ensayista, poeta, cuentista y catedrática de literatura. Su poesía y prosa aparecen en su libro Instrucciones para perderse en el desierto (Editorial Palabra Viva, Colombia, 2004). Su narrativa y poesía han sido publicadas en las antologías Narradoras latinoamericanas en Estados Unidos (Editorial Ross, Argentina, 2008), Ejército de Rosas (Boreales, España, 2011), Abriendo Caminos:Antología de escritoras puertorriqueñas en Nueva York 1980-2012 (Editorial Campana, Nueva York, 2012).  Por publicarse su poemario, Samsara (2014).

Serie – Relatos de fin de año

1- Hasta la libertad cuesta dinero – Renandarío Arango – Lea relato

2- Un pedazo del sueño Americano – Gabriel Panagousoulis – Lea relato

3- Una visita al Tostadero – Blanca Irene Arbelaez – Lea relato

4- “Los niños son un estorbo” – Karla Florez Albor – Lea relato

5- Nueva York: una locura atrevida – Guillermo Lozano-Sharah – Lea relato

6 –El Barco es de papel – Carlos Ortega Jr –Lea relato

7 – La muerte de Huidobro – Gabriel Jaime Caro (Gajaka) – Lea relato

8 – A las diez en Jamaica – Álex Augusto Cabrera – Lea relato

9- Al-Kabir – Francisco Álvarez-Koki – Lea relato

10- V de venganza – Miguel Falquez Certain – Lea relato

11- “Que viva la yuca” – Adriana Ferrer Guzmán – Lea relato

12- Némesis en Harlem – María Palitachi – Lea relato

13- De visita en el Imperio – Gilberto Gómez F. Lea relato

14- El último hombre – Pero Arturo Estrada – Lea relato

15 – Tic, Tac – Sheila Candelario – Lea relato

 

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